Por lo general, las bandas se destacan por lo que muestran en el escenario y pocos conocen bien lo que sucede en bambalinas. Mucho menos, saben lo costoso que significa mantener un proyecto musical en pie. Porque además de los gastos de equipamiento, que son cuantiosos, se deben sumar los costos de sala de ensayo, de movilidad, de promoción, etc. Si a todo esto se le agregan las dificultades que surgen al salir a tocar en vivo, podemos decir que el oficio del músico no es tan rutilante como parece.
Personalmente, hace algunas décadas que frecuento el ambiente musical y puedo aseverar con creces que no alcanza con la destreza musical. Hay que tener otros conocimientos, como legales y comerciales, para salir airoso en el intento por darse a conocer. Quizá hasta aquí los lectores no entiendan mucho, pero luego comprenderán mejor cuando continúen leyendo el presente descargo. Antes, debo confesar que para revelar este hecho tuve una fuerte lucha existencial entre mis dos vocaciones (la periodística y la musical), que dilataron esta publicación más de la cuenta. Pero finalmente, triunfó la razón y aquí estoy dispuesto a denunciar el engaño.
Para conmemorar el 20° aniversario de la creación de nuestra banda, nos presentamos a tocar en un conocido local de Capital Federal. Pero para evitar publicitar su marca, debo decir que el nombre es muy similar a una isla estadounidense donde estuvo emplazado un famoso presidio que dejó de funcionar en la década del ’60. Vale aclarar, que el auditorio es excelente y cuenta con óptimas comodidades para realizar una buena presentación. Aunque no podría decir lo mismo de las condiciones que se requieren para tocar, entre ellas el tiempo y las exigencias monetarias.
Aquí aparece uno de los mayores escollos del caso: el reducto publicita en un prestigioso diario capitalino que es posible tocar “gratis” allí, cuando en realidad esto no es cierto. Porque desde el vamos, el boliche pide cubrir un gasto fijo de seguridad e impuestos que es ineludible. Y si la banda no llega a juntar la cantidad mínima de personas, también debe hacerse cargo de un costo extra por persona faltante para cubrir dicho cupo. Si bien lo recaudado por las entradas va para el grupo organizador, el boliche cobra en la puerta una consumición obligatoria que queda en su caja. Por otra parte, las bandas pueden tocar sólo 45 minutos (ni uno más, ni uno menos) y no hay lugar para bises. Y tampoco pueden compartir fechas con otras bandas, porque los arreglos son individuales y se hacen por una hora (que incluyen los 15 minutos que demora el armado y desarmado).
Estas cuestiones, figuran en un contrato similar al de locación que deben firmar las bandas para tocar. Acuerdo que literalmente desconoce varias leyes y asociaciones que protegen la actividad musical, acogiéndose a otras normas del Código Civil que le dan cierta “legalidad” a su accionar. Al respecto, debo reconocer que confiadamente firme ese convenio entendiendo que fácilmente podríamos reunir la cantidad mínima suficiente como para salir airosos del show. Lo cual sucedió la primera vez, donde tuvimos una notable convocatoria de público y por ello recibimos el “premio” de una nueva “fecha gratuita”. Pero como suelen decir de las películas, las segundas partes nunca fueron buenas. Y en la segunda ocasión la gente nos falló y quedamos con la cuenta en rojo con el boliche que nos exigía el monto restante de las personas que no asistieron para cubrir el cupo mínimo.
Frente a esto, me acerqué al Sindicato Argentino de Músicos para recibir asesoramiento legal sobre el tema. Y allí supe que el lugar cuenta con otras causas pendientes similares a la nuestra, caratuladas como publicidad engañosa. Puesto que prometen la posibilidad de tocar gratis, cuando en realidad no lo hacen. A esta altura, debo reconocer que tuve que guardar mi ego de músico en el estuche y olvidarme del efecto publicitario negativo que esto traería a mi carrera. Priorizando el bien común, para evitar que otras bandas caigan en la misma trampa. Y a su vez, hacer un doble llamado de atención. Primeramente a las autoridades porteñas, para que pronto se cristalice su promesa de habilitar lugares públicos para que “todos” podamos tocar. Y en segundo lugar al público en general, para que apoye a las bandas que con sumo esfuerzo producen eventos para dar a conocer su música. Porque esta empresa la hacemos entre todos y es para todos.