Un niño al que se le impide nacer, es un aborto. Esa acción que corta una vida, en realidad lastima 2 o más…

Ese niño que no puede llegar a salir del vientre de su madre y sobrevivir, porque lo matan químicamente o lo despedazan y lo sacan de a pedazos, es una vida que no se desarrolla, un niño que no juega, que no tiene amigos.

Es un joven que no estudia, que no trabaja. Tampoco enamora a una joven, ni se casa, ni tiene otros hijos o nietos.

Es una historia destruida por vergüenza, por no ser “el momento” para ocuparse de una criatura.

Por otro lado, hay miles de familias que anhelan escuchar un llanto en la madrugada en sus casas, correr cuando se raspan una rodilla, cambiar pañales sucios…

Si no se quiere tener un hijo, hay que ser responsable a la hora de tener relaciones sexuales. No obstante, los métodos de prevención pueden fallar y si es así, hay que hacerse cargo de lo gestado.

Pero si no pueden criarlo, la adopción es una buena alternativa. ¿Por qué el estado, en lugar de promover abortos, no se encarga de dar los niños a quienes sí los anhelan?

Suena como más fácil “eliminar” el “problema” y seguir adelante.

Las mujeres que abortan, no se olvidan más de ese crimen, porque aunque no lo digan, saben qué hicieron realmente.

Y sin hablar de los familiares que sufren por lo que viven sus hijos al abortar.

¡No aborten! ¡Den a los hijos que no quieren a las familias que los desean desesperadamente!

No habrá asesinato y llevarán felicidad a quienes les falta una parte de sus vidas.

Maximiliano Domínguez