Por Gustavo Romero

Hoy los teléfonos celulares nos permiten, mediante sus aplicaciones, tener en un pequeño espacio, cosas que antiguamente nos ocupaban mucho lugar y pesaban.
Atrás quedaron los tiempos donde se llevaba la Biblia y el himnario (¡el Bautista y el de Sion eran los más pesados!). Ahora con una aplicación basta.
La vida se tornó demasiado práctica. Creo que nuestra capacidad de memoria se está reduciendo por delegar todo al teléfono y que facebook nos robó el tiempo que antes le dedicábamos a los libros o a los diarios.
Una de las aplicaciones que yo más uso es el calendario. Allí anoto – y sincronizo- cumpleaños, talleres, conferencias, compromisos, reuniones del colegio de los nenes, compras que me pide mi esposa… y ni siquiera tengo que acordarme. Una alarma me avisa que tengo que mirar la pantalla y ¡allí está todo lo que tengo que hacer! En algunos casos hasta me dice la dirección donde tengo que ir… y por dónde tengo que hacerlo.
Sin embargo hay una aplicación que falta (si alguno la formaliza, quiero un porcentaje). Es “la lista de oración”. ¿Recuerdan cuando dentro de la Biblia teníamos un papel donde anotábamos las cosas por las cuales orar? Siempre iban con nosotros, siempre las teníamos presente. Realmente nos importaba.
El hecho de tener la lista dentro de la Biblia obligaba a que, al abrirla, viéramos la lista ahí, a la espera que la repasáramos. Era una obligación a orar en la semana por cada uno de los ítems escritos.
Ver que la lista crecía nos imponía la presión de orar más, de ser más persistentes. ¿Cuántos matrimonios fueron resultado de oraciones persistentes? ¿Cuántas sanidades?
Cuando tachábamos algo que Dios había concedido de la lista de oración, nos llenábamos de una alegría incalculable. Ahí tocábamos un pedacito de cielo por unos instantes. Y hasta nos sorprendía que Dios respondiera.
Pero en la lista de oración siempre estaba esa petición que estaba ahí por años. Ese “aguijón” en nuestra vida que nos inquietaba. ¿Por qué Dios no responde? ¿Orábamos mal? ¿Aún no es el tiempo? Muchos partieron con el Señor con su algo que nunca pudieron tachar. Algo que Dios en su omnisciencia eligió no responder.
Pero el objetivo de la lista de oración era más que un listado de supermercado donde íbamos tachando lo que Dios ya había puesto en el changuito. El listado de oración ¡NOS HACIA ORAR! Nos mantenía al tanto de por quiénes orábamos. Nos ayudaba a mantenernos en santidad ya que al arrodillarnos -porque se oraba de rodillas, señores- lo primero que venía a nuestra mente eran nuestros pecados recordados por el acusador e inmediatamente recurríamos a la sangre de Cristo para callarlo.
Ya casi nadie tiene lista de oración. Y no es porque falten motivos para orar ni porque nadie necesite que oremos por ellos. Creo que lo que falta es compromiso. Por un lado compromiso con mi hermano; tenemos cada vez menos noción de cuerpo. Por otro, estamos demasiado entretenidos con nuestros propios problemas que hasta que no se resuelvan no vamos a poder pensar el otro.
Por último, hay un problema más grave: EL CRISTIANO CADA VEZ ORA MENOS porque creemos que no es tan necesario orar. Estamos más ocupados en los eventos, las jornadas de capacitación y los talleres que en frenar la marcha, doblar nuestras rodillas y tener ese intercambio divino -literalmente- donde Dios habla y yo escucho.
¡Cuántos problemas se resolverían si oráramos más!
Hagamos una lista de oración. Asumamos el desafío y el compromiso de concentrar nuestra energía de oración en algo mas allá que en la economía y en que tal o cual evento salga bien para que el nombre de la iglesia local no se vea ridiculizado. Volvamos a ese intercambio de palabras con el Creador. Escuchemos lo que tiene para decirnos.
Adoremos en la oración. Bendigamos en la oración. Amemos mediante la oración.
SI ya no usás biblia porque la lees desde tu teléfono, busca la forma de generar tu propia lista de oración.
Volvamos a la senda antigua. Oremos más.
Oremos.