Por Ulises Oyarzún
Desde que escuché este relato no hago interpretaciones sobre las tragedias. En el tsunami del 2010 una madre que ve cómo entra el agua a su casa, afirmada a la viga y sosteniendo a sus dos hijos, luego de un tiempo, sabe que si sigue sosteniendo a los dos todos morirán pues ya no tiene fuerza, así que decide soltar a su hijo de 10 años para aferrarse a su hijo de 5.
Ver que haya una página evangélica que, hablando sobre el accidente aéreo que sufrieron los futbolistas brasileños y aluda a que tres de los sobrevivientes son cristianos (insinuando un milagro basado en la creencia que tenían), no solo habla de prensa amarillista, sino también de presentar la imagen de un Dios que a sus “hijos” les garantiza una suerte de seguros contra accidentes.
De esta humilde familia que recuerdo, los tres eran creyentes y ese pequeñito de 5 años que sobrevivió al naufragio no era mejor que su hermano.
Recuerdo aquel relato en el evangelio de Juan. Un hombre que nace ciego y los discípulos tratando de encontrar una respuesta a ese sufrimiento.
¿Es ciego porque pecó él o pecaron sus Padres?
Jesús descarta las dos pero no da ninguna causa. Guarda silencio.
Hay dolores pedagógicos, sin duda, pero hay otros que no tienen nada que enseñarnos, son desgracias que no tienen respuesta alguna y que buscar sus causas sería el camino menos recomendado.
Frente a esas tragedias solo queda ayudar, guardar silencio y aprender a vivir con ese dolor a cuestas.