Por Pablo Gualtieri (*)

 

Soy cristiano. Cristiano evangélico. Pero hay muchísimas cosas que me hacen mucho ruido en mi interior. Me consta que hay hermanos evangélicos que luchan por la justicia social, honrando su llamado (grupos que ayudan a gente en situación de calle, grupos que van a los hospitales, a los asilos de ancianos, a granjas de recuperación, el Ejército de Salvación, etc.). Solo que, en mi particular opinión, no son la mayoría, ni dicha práctica se incentiva lo suficiente desde los púlpitos ni en los grupos de crecimiento, ni a los líderes. Por lo menos, no con el mismo énfasis con que se incentivan otras prácticas como el diezmo, las ofrendas, los pactos, etc. (y yo creo en el diezmo, lo practico y lo enseño. Pero, señores, el énfasis que se pone en pedir “pactos” y “ofrendas especiales” muchas veces es vergonzoso).
No hablo de una iglesia en particular. Hablo de la iglesia evangélica en general, lo cual, como evangélico que soy, me resulta muy doloroso. ¿Qué pasaría si el grueso de los recursos de la iglesia (materiales y humanos) se dedicaran a la justicia social? (en total consonancia con el mandato bíblico). ¿No generaríamos el impacto en la sociedad que tanto buscamos? ¿No se exaltaría el nombre de Dios de mejor manera?
¿Qué pasaría si en cada sociedad de fomento, en cada ONG, en cada merendero y comedor comunitario, en cada organización solidaria estuviesen participando 1 o 2 o varios cristianos SIRVIENDO DESINTERESADAMENTE a sus vecinos? ¿No seríamos de manera más efectiva “sal” y “luz”?
Repito: conozco casos y honrosas excepciones, pero lamentablemente hermanos, admitamos que no es la norma. La mayoría vivimos encerrados en una rutina eclesiástica: “casa – célula – culto – evento cristiano – amigos cristianos-“… Entonces: ¿Dónde somos luz? ¿Dónde somos sal?
Es el Amor. La clave es el Amor. Tenemos que amar (con hechos y no con palabras) a la sociedad y el mundo que queremos rescatar. Tenemos que involucrarnos, mezclarnos, volvernos parte del asunto. No dejar de ser lo que somos (somos lo que Dios hace de nosotros) pero perderle el miedo al “afuera” y salir de las cuatro paredes de la iglesia. Abandonar nuestras sillas de “jueces” (porque estamos habituados a juzgar y condenar y algunos hasta piden “mano dura”) y ponernos la camiseta de “servidores”. Transpirar el amor, angustiarnos más, conmovernos, actuar. Reír con los que ríen y llorar con los que lloran, que son muchos, demasiados como para que estemos tranquilos encerrados cómodamente en nuestro mundillo “yendo de victoria en victoria”.

(*) Pablo Gualtieri es voluntario en la organización barrial “Ni una persona en la calle”, en la Ciudad de Buenos Aires.