Se viene escuchando resonar dentro de distintos movimientos y bajo diversas estrategias la palabra “aborto”, asociada a derechos reproductivos.
Cientos de marchas convocadas al efecto de defender la vida de mujeres y decir “basta de femicidios”, en el umbral de la multitud dejan marcada la ciudad con tinta de una minoría que grita: “Muerte al patriarcado”; “aborto legal”, “en mi cuerpo decido yo”.
Por primera vez, la Universidad Nacional de la carrera de medicina incorporó de forma muy controvertida una materia específica sobre el aborto llamada “El aborto como problema de salud”. En esa cátedra se plantean distintas perspectivas sobre la problemática, buscando legitimizar socialmente una conducta que hoy en día es una acción típica, antijurídica y culpable salvo las excepciones establecidas en el Art. 86 inc. 1 y 2 del Código Penal Argentino.

“Una mentira repetida adecuadamente mil veces se convierte en una verdad.” Joseph Goebbels.
Es así como buscan utilizar la educación como vehículo para hacer “apología del delito”, atravesando el discurso con un juego de palabras que concluyan asociando términos que nada tienen que ver entre sí, como el aborto y los derechos humanos. De hecho, son antagónicos e incompatibles en su misma génesis.
Los derechos humanos son inherentes a todos los seres humanos, sin distinción alguna de nacionalidad, lugar de residencia, sexo, origen étnico, color, religión, lengua o cualquier otra condición.
El aborto lo que hace es aniquilar al portador de esos derechos por distintas razones que pueden ser económicas, de residencia, de sexo e incluso por si se presume que no tenga las capacidades “standar” para ser normal. Y así seguimos alimentando el holocausto silencioso más grande de la historia en donde no sólo se matan personas sino también donde se confina a las mujeres a ser cosificadas y luego dejadas a la deriva.
Decenas de mujeres por mes llegan para abortar, y basta sólo tomarse quince minutos para escucharlas y entender que tienen miedo, están desamparadas, tristes y que llegaron hasta esa instancia porque creen que no tienen otra opción, porque se encuentran atrapadas en una realidad económica, afectiva o social que las empuja y obliga a tener que pensar en recurrir a un aborto. Pero si no tienen libertad porque se ven obligadas, ¿cómo podemos decir que hay voluntad? ¿Cómo podemos decir que el aborto es para salvar la vida de las mujeres cuando lo único que hace es cosificarlas y destruirlas? ¿Cuál es el fundamento lógico para decir que se trata de un derecho cuando lo único que encubre es un homicidio?
Despenalizar no es lo mismo que legalizar. La legalización promueve conductas y da amparo legal, se expide sobre el valor de un comportamiento.
El aborto seguro no existe, porque siempre muere alguien en la ecuación.
No es gratuito, por el contrario está en el ranking de los “negocios” más rentables del mundo.
Utilizar la excepción para que se convierta en regla es tergiversar el discurso.
Proponer la muerte de inocentes para garantizar el standar de vida de otros no tiene nada que ver con el derecho.
Utilizar una institución pública para promover el aborto, es hacer “apología del delito”.
Cuando se practica un aborto no muere sólo un bebé, mueren historias, proyectos, sueños, pero sobre todo muere una parte de la mujer.
Los derechos humanos existen porque hay vida, y sin vida no hay derechos.
Ayelén Caffarena
Abogada y orientadora en centros de asistencia materna