Por Karina López

El que ayuda sanamente sabe que cada uno tiene que resolver sus propios asuntos, y que solucionarle a otro sus temas prematuramente o cultivando en él su desidia sólo le privará de la madurez que le hubiera dado hacerse cargo de sí mismo.

Ayudar no es lo mismo que rescatar.

El que ayuda sanamente también sabe esperar los tiempos del otro, y le brinda sólo el servicio necesario cuando es necesario, y a quien lo merezca cuando lo mereciere, en tanto ese otro tenga una actitud recíproca (salvo que sea un niño o una persona en total estado de vulnerabilidad).

El que, sin darse cuenta (o dándose cuenta), está en actitud de salvador, da antes de que el otro pida, más de lo que necesite (por las dudas) y cree que el “amor incondicional” es seguir dando aunque el otro responda con gestos indiferentes, ingratos o, -peor-, de evidente desprecio, maltratando a quien le da. Ayudar sanamente es apartarse de quien no sabe recibir. Y a veces, justamente, abstenerse de dar puede ser ayudar.

El que ayuda sanamente jamás olvida una premisa: que para servir de manera emocionalmente inteligente necesita cuidarse a sí mismo (salvo situación límite, como una catástrofe o algo similar). Quien encarna el arquetipo del salvador, en cambio, se inmola pretendiendo rescatar, y así pierde con frecuencia su salud, su estabilidad económica, o su vida personal en aras de que el otro “sea salvo” de todo dolor. Con frecuencia, ese “salvador” va teniendo cada vez más problemas personales a los que no presta atención por estar cien por ciento atento a los problemas de aquél a quien pretende salvar. Es más: muchas veces, cuando abandona este fatal arquetipo, reconoce que parte de su rol de “salvador” era ejercido para huir de sus propios problemas irresueltos.

A diferencia de nosotros, simples seres humanos, limitados e imperfectos, Jesucristo, el “único y verdadero Salvador”, confía en nosotros, en los recursos y dones con que nos creó y no resuelve en nuestras vidas aquello que nosotros podemos resolver, y en todo caso si nos salva de algo es de nosotros mismos, de aquellos obstáculos y limitaciones mentales que todos tenemos ,respeta nuestros tiempos, nos acompaña en el proceso, nos espera, nos alienta con el suave susurro de Su Espíritu Santo, nos equipa con la fe que nos impulsa a hacer lo posible para que podamos escuchar, avanzar, vencer y recibir lo necesario para alcanzar el propósito que Él tuvo al crearnos. Él vino a hacer lo imposible, lo que nosotros no podíamos hacer en modo alguno. Vino a morir por vos, por mí y por cada uno de aquellos que necesitan salvación. Si ponemos en pausa el egoísmo, la propia opinión y le damos el control de nuestras vidas a Jesucristo, y le damos el lugar de Señor seguramente tendrá menos cosas de las que salvarnos.