En las redes sociales más populares como Facebook y Twitter está circulando un mal llamado “juego” en el cual se propone una serie de retos en los que el niño o el adolescente que empieza a jugarlo debe documentar las pruebas que le exigen.

Digo “mal llamado juego” porque no cumple con las expectativas lúdicas ni de entretenimiento edificante sino, todo lo contrario. La última prueba o el último reto, tiene que ver con quitarse la vida, en la medida en que el administrador del juego así lo disponga, luego de cumplir 50 retos anteriores. Los primeros son inocentes como para captar la atención y estimular a continuar. El grado de dificultad y de perversión del desafío va en aumento poniendo a prueba el orgullo del adolescente.

Aunque parezca increíble, este tipo de actividades existe y ya se cobró cientos de vidas en el mundo. Si bien en nuestro país aún no se tiene noticias de alguna fatalidad, las redes sociales permiten que las distancias y el tiempo se reduzcan a solo un clic la búsqueda y participación en esta actividad.

Si bien no debemos alarmarnos, como padres –y padres cristianos- tenemos la obligación de estar atentos ya que nuestra primera iglesia es nuestra familia.

Una de las cosas que tenemos que saber es que este “juego” no se da en cualquier adolescente; se da cuando hay un terreno biológico, un territorio de vulnerabilidad psicológica; un aislamiento de los grupos de protección. De estos grupos el primordial es el hogar, específicamente los padres. Luego podemos nombrar familiares secundarios (hermanos, abuelos, tíos, etc.) y por último algún grupo de relación donde el chico esté y, sobre todo, se sienta contenido. He aquí la importancia de un buen ministerio juvenil donde haya un acompañamiento personalizado para con el adolescente. Esto parece contrario al estilo de mega iglesias a las que muchos aspiran cediendo espacio al contacto persona a persona que da sentido a la hermandad cristiana.

¿Qué podemos hacer los padres?
Prohibir no es una opción:
Sabemos que los adolescentes son expertos en encontrar atajos para salirse con la suya. Más que prohibir, más que controlar, debe haber una actitud de acompañamiento.

En nuestros talleres de Escuela para Padres y Escuela para la Vida Familiar de nuestro Ministerio aprendemos sobre Cuatro Pilares de la Paternidad Eficaz; uno de ellos es el tiempo. Tiempo de calidad. No sirve el tiempo que estamos con nuestros hijos, debe haber un tiempo donde nos vinculemos, donde haya interacción de valores, sentimientos, expectativas. Un tiempo que le robamos a la “Play”, a la televisión y se lo otorgamos a nuestros hijos ya que como padres somos administradores de su vida y Dios nos pedirá cuenta de ellos.

Para que un adolescente busque y quiera participar del “juego de la ballena azul” es más que por simple curiosidad; es porque hay un vacío interno, una búsqueda de identidad: y las redes sociales ofrecen millones de posibilidades –buenas y no tanto- para que ellos se identifiquen. Ya quedó atrás esos tiempos donde el problema era si se relacionaban con los “punks”, con los “metaleros” o los “cumbieros” La búsqueda de una identidad es en la web. Y para peor, de forma silenciosa.

No “terribilizar”
Si descubrimos que nuestro hijo está participando de esta actividad –o lo sospechamos-, gritar o recriminar solo sirve para que el chico se bloquee más al diálogo. Abrazar y ponernos a su disposición abrirá la puerta de su corazón.

Por supuesto que la confianza del chico hacia nosotros no se genera mágicamente de un momento a otro. Debemos generar espacios en lo cotidiano, hacerles saber –con palabras y hechos- que estamos para ayudares, para contenerlos. Que nuestro amor por ellos es incondicional.

Escucharles:
Los padres somos expertos en hablarles a nuestros hijos pero estamos perdiendo la capacidad de escucharles. Y no solo escuchar lo que dicen con su boca sino con sus actitudes, sus gestos, su mirada. Y este requiere un entrenamiento que solo el acompañamiento lo da.

Orar por ellos:
Tenemos que cubrir diariamente a nuestros hijos en oración. Orar con nuestro esposo o esposa en común acuerdo bendiciendo a nuestros hijos ya que el diablo, en las redes sociales, anda como un león rugiente.

Orar con ellos:
El ejemplo no es la mejor manera de enseñar; es la única. Orar con ellos les dará fuerzas espirituales, sabrán que sus papás se interesan espiritualmente por ellos, les dará el ejemplo de cómo actuar y en caso de que estén pasando por dificultades el Espíritu Santo –quien nos guía a toda verdad (Juan 16:13)- nos dará revelación para ministrarles y guiarles.

Buscar ayuda:
Nuestras iglesias está llena de profesionales –médicos, psicólogos, consultores psicológicos, el pastor- que puede orientarnos en caso que no podamos vincularnos con nuestro hijo, sospechemos que está pasando por alguna dificultad o creamos que está jugando a este u otro juego macabro tan popular entre ellos.

El juego de la ballena azul es una más de las armas que el diablo tiene para llevarse la vida de los adolescentes y como pueblo de Dios no podemos quedarnos atrás. Informémonos, capacitémonos, oremos y actuemos para que el Reino de Dios sea extendido a los corazones vacíos de aquellos chicos que silenciosamente gritan pidiendo amor.

“Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes” (Deuteronomio 6:6-7).

Gustavo Romero es consultor psicológico