-“No aguanto más, mis padres me están volviendo loco. Los dos quieren que esté con ellos en Navidad y yo soy uno sólo. No sé qué hacer. No quiero lastimar a ninguno de los dos. Siento que si elijo yo a uno de los dos, el otro no me va a querer más…”.
Johnny se queda en silencio pensando y su silencio inunda mi oficina. Un silencio en el cual si uno presta mucha atención casi se podría escuchar sus pensamientos tortuosos y acelerados en la búsqueda de una salida a una difícil elección, una dura batalla que sabe dejara a uno de sus padres herido.
-“Odio la Navidad… ¿Y si al que no elija piensa que ya no lo quiero, o que lo quiero menos, y me odia, y no me quiere más? ¿Qué hago?”

La Navidad es una de las fechas más especiales del año para los cristianos, el día en que se celebra el nacimiento de Jesucristo. Sin embargo ha sido una celebración que gran parte de la sociedad ha hecho propia aunque no comparta la fe. El tiempo previo de preparación marca su importancia en gran cantidad de familias, en algunas por su componente espiritual y en otras simplemente por su componente social de la reunión familiar y la expresión cultural del “espíritu navideño” además de la inminencia del cambio de año.
La preparación de adornos en la casa, el árbol, los regalos y –llegado el gran día- la mesa navideña como lugar para el momento de encuentro en familia, quizás de reencuentro con algunos miembros de la familia que viven en otra ciudad y viajan para estar presentes en esta fecha especial en que la fe, la esperanza y el espíritu navideño se entrecruzan para dar lugar a uno de los momentos más felices del año… o el más terrible.
El momento más terrible como lo es para Johnny, mi consultante (obviamente he cambiado su nombre para el relato), un pre adolescente que hoy se debate en una elección no deseada, pensando a cuál de sus padres lastimará o enojará por querer estar en la cena navideña con el otro. Una elección que desea no hacer y un tiempo del año que en lugar de ser vivido como motivo de celebración, es vivido como una tortura.
Y si la presión es excesiva, Johnny –al igual que muchos adolescentes- podría tomar la decisión de querer salirse del medio de tantas presiones para que haga una elección no querida por él. Esto puede ser a través de otra decisión infinitamente peor, como puede ser liberar la frustración y presión emocional mediante auto agresiones a su cuerpo, como vemos muchos adolescentes que se producen cortaduras, o el peligro de una decisión más extrema como el suicidio adolescente. Esto utilizado como único recurso para “desaparecer”, expresión de sentirse en un callejón sin salida que lo lleva a considerar que le queda esa única opción como medio para salir definitivamente de la situación de dolor emocional por las constantes presiones o violencia entre sus padres.
Mientras tanto, hijos más chicos pueden vivenciar las presiones de manera acorde a su edad pero con un alto grado de frustración por no ser escuchados o tomadas en cuenta sus opiniones.

Cada familia es un mundo…
Si papá y mamá viven separados, su matrimonio o pareja malograda puede tener el efecto residual de dejar a los niños en el centro de sus diferencias de criterio. Las situaciones pueden ser tan variadas como personas en el mundo, pero a grandes rasgos podríamos agruparlas entre:
– Padres separados que se llevan bien, en una relación armoniosa: Sin lugar a dudas, la mejor situación de todas sería que nunca hubiesen llegado a la separación –nadie se casa para divorciarse-, pero ocurrida la separación, el hecho de contar con padres que pueden resolver las situaciones con una actitud adulta, en forma pacífica y mediante el diálogo, es una bendición que principalmente los niños pueden tener, porque será más fácil llegar a acuerdos y –sobre todo- dentro de un marco de paz. Estos padres son capaces de escuchar la voluntad de sus hijos y cuál es su preferencia, y el niño puede sentirse valorado en su opinión y –sobre todo- en sus sentimientos.
– Padres separados que tienen una mala relación: Una separación traumática, quizás uno de los padres -o ambos- tienen una raíz de amargura que transmuta lo que antes era amor apasionado por el otro, en la misma pasión puesta hoy al servicio de la destrucción de ese otro, sazonada con mucho dolor viabilizado en odio y resentimiento, quizás usando a los niños como rehenes de la situación, para dañar al otro, quizás tomando posesión como si fueran objetos y no sujetos con sentimientos. Objetos de intercambio o cuya negación al otro satisface temporalmente los deseos de venganza.
Naturalmente, en esta situación, el conflicto se produce durante todo el año y la preparación de la cena de navidad es una excusa más para la discusión, la agresión y la demostración de poder sobre los destinos del niño.
Padres en conflicto -ya sea por iniciativa de uno de ellos o de ambos- generan en el niño una situación de altísimo estrés. Si uno de estos padres quiere que su hijo odie la Navidad, no debe dejar fuera de su menú esta actitud, puesto que el niño busca tener paz, y durante el resto de su vida -en cada Navidad- lo acompañará el recuerdo y las vivencias de esas discusiones, y posiblemente evitará de todas las formas posibles esta época del año.
El recordatorio del nacimiento de Jesucristo poco tiene que ver en este tipo de relaciones, donde el centro de todo será la demostración de poder y la necesidad de ganar la contienda, mientras los niños quedan convertidos en el botín de guerra que hace ganador a uno de los padres y al mismo tiempo hiere de muerte al otro progenitor.
– Padres que dieron vuelta la página de la vida y han formado una nueva familia. “Los tuyos, los míos y los nuestros” puede ser la mejor forma de ejemplificar la realidad de una “familia ensamblada”.
Y esta puede ser la realidad de uno o de ambos padres. Quizás el niño es un integrante de dos nuevas familias, donde en ambos casos hay una mesa familiar con uno de sus padres, pero con un padrastro o madrastra, los hijos de matrimonios anteriores de estos y medio hermanos de sus padres con sus nuevas parejas.

Para tener en cuenta
Como vemos en estas diferentes realidades, la vivencia del niño puede ser totalmente diferente. También lo será de acuerdo a la edad del mismo, a si es hijo único o tiene hermanos, si es que es el primogénito, el hijo del medio o el más pequeño. Si los padres viven cerca o en ciudades distantes y aún en países diferentes. Todo influye en la forma en que vive las situaciones.
Lo cierto es que como primera opción -si es que por su edad puede hacerlo- se debe dar al niño o joven la oportunidad de expresar su voluntad al respecto. A diferencia de otras situaciones donde el niño es niño y los padres deben asumir su rol de ser quienes deciden e imponen criterios a los niños, en ocasiones como la de tener que elegir entre uno de sus padres para compartir la mesa navideña, es mejor escuchar la opinión del niño primeramente, y no usarla para ganar una discusión o para que acreciente el conflicto, sino brindarle el respeto a su opinión como sujeto, como persona con una personalidad y emociones que debemos cuidar para que sea un adulto emocionalmente sano.
Si usted está en esta situación con sus hijos, deberá entender que el niño valora la situación de manera diferente. Que mientras usted y su ex cónyuge tienen la mirada puesta en que su hijo comparta la mesa navideña con alguno de ustedes dos, el niño o adolescente hará su elección basada principalmente en la preferencia por amigos o familiares con quienes compartir esa noche y no por sus padres entre los que se divide el resto del año.
Quizás para el niño la elección no sea decidir con cuál de los padres estar en la cena navideña, sino que la elección pasa por algún primo con quien se divierte compartiendo determinados juegos, una tía, los abuelos y otros familiares. O bien la elección se centre en evitar estar con algunas personas determinadas de la familia.

Recuperar el sentido de la celebración
Sea por el motivo que sea que la familia se reúna en torno a la mesa navideña –sean espirituales por motivos de fe o meramente culturales-, sencillamente los padres separados deberían cuidar que el sentido de la celebración no se pierda en pleitos y discusiones, sino transmitirles a los hijos la fe y la esperanza que el mensaje del nacimiento de Jesucristo anuncia al mundo a través de más de dos mil años de historia y así regalarle a sus hijos y a la sociedad, futuros adultos emocionalmente sanos y maduros que puedan vivir y transmitir fe, paz y amor a un mundo quebrado.