Por J.V. (*)

 

La tragedia de Kenia, que provocó una inundación en las redes sociales, tardó lo que un suspiro en la consideración popular, y al día de hoy ya casi ni se la menciona. Este escrito busca llevar conciencia a la iglesia acerca del verdadero protagonismo que Jesús le otorgó, y que hoy está en vías de extinción. Un artículo para leer, reflexionar y ponernos en una situación incómoda…

 

Garissa es un pequeño poblado en el límite entre Kenia y Somalía que se generó como resultado de la sobrepoblación de los campos de refugiados que no daban a vasto en los ‘90.

Esto impulsó que se formara un asentamiento de somalíes, lo cual fue creciendo y hoy es una población plantada en el desierto que cuenta con más de 20 mezquitas grandes y pequeñas, algunas escuelas y una base militar del ejército keniata.

Entrar a Garissa es como entrar a otra época. Situación que ocurre en la mayoría de los países de oriente, con la diferencia de que allí el aire es más inhóspito y algo tenso cuando se trata de caras extranjeras caminando en medio de miles de miradas que se fijan en uno.

Me toco estar allí tres veces. Las tres fueron experiencias diferentes pero unidas por un denominador común: descubrir detrás de esa mirada tensa y reseca por el sol, la hospitalidad y cariño de parte de los somalíes.

Un poblado cien por ciento islámico, que guardaba cierta apreciación por los colores albicelestes y por el nombre Maradona.

En nuestra primera visita, nos miraban con recelo y desconfianza pensando que íbamos a invadirlos con nuestra religión. Pero nuestro objetivo era llevar alimentos destinados a los que estaban pasando necesidad extrema.

 

La segunda vez me tocó estar con mi esposa. Mientras los maestros y directores de un colegio me mostraban las instalaciones y las posibilidades de poder participar con nuestra ayuda; por otro lado, las mujeres sentadas debajo de un árbol con mi esposa, hacían todo el esfuerzo de comunicarse en su idioma, lo cual iba progresando porque había risas y palabras nuevas que se intercambiaban.

 

La tercera vez, fue muy intenso. Aterricé en Nairobi un día después de un ataque terrorista que quemó el noventa por ciento del aeropuerto. Todo proceso de aduana, valijas y pasaportes se desarrollaba en carpas en las que cabíamos por grupos.

Preparé la llegada de un grupo de constructores con el objetivo de construir una cocina para la escuela que nos habían mostrado previamente.

Con muchas cosas vividas e inolvidables, con la sensación de prisa salimos de Garissa e inevitablemente parte de mi corazón se quedó ahí.

Hoy no dejo de pensar en ellos.

 

La situación que se vivió el 2 de abril, tristemente, no es de sorprender dado que los grupos extremistas islámicos tienen sus ojos puestos en esa parte del mundo para hacer y deshacer como ellos quieren.

Cuando escuché la palabra Garissa, tuve una sensación de frio y nostalgia a la vez de tristeza inexplicable por lo que sucedió.

Hablando con una mujer de Dios a quien respeto y aprecio mucho, llegábamos a la conclusión de que la iglesia corre el peligro de perder la identidad y funcionalidad que Jesús le determinó: ser Sal y Luz.

Estos tiempos están caracterizados por una mentalidad individualista de placer, autorrealización y egoísmo, en pocas palabras. Aunque el mundo pregona preocuparse por el clima, la ecología, los niños, los pobres, etc.; aun así el egoísmo humano y el interés por el bienestar personal son los comunes denominadores, dentro y fuera del cristianismo. Todo esto acompañado de una gran ignorancia de la verdadera realidad de lo que ocurre alrededor nuestro como resultado del ser humano lejos de Dios.

 

Creo que esta situación no es muy diferente a la que estaba observando Elías mientras estaba recuperándose en la cueva, por lo cual Dios le hizo entender que a pesar de todo hay un remanente. A ese remanente dirijo estas líneas. Al que entiende que ser Sal y Luz no es un título ni un reconocimiento sino una responsabilidad privilegiada.

Cuando la iglesia pierde su identidad es cuando la oscuridad comienza a avanzar sin perdonar nada a su paso. Tal como lo hizo Faraón o Herodes a la hora de matar toda una nueva generación de niños sin el más mínimo remordimiento.

Uno de los grandes privilegios de ser sal y luz, es que podemos alcanzar a lugares impensados con la sola acción de la oración, pero también con el involucramiento y la acción.

La evangélica frase “vamos a estar orando” ya no es señal de involucramiento, sino de calmar la conciencia.

Tanto este ataque en Garissa, como el desastre del vuelo de Germanwings y el éxodo de refugiados que está dejando la guerra en el Líbano, además de la proliferación de tráfico de personas, debe despertarnos a orar con una conciencia involucrada, lo que definitivamente nos lleva a la acción.

Oración sin misticismos ni superpretensiones de creer que Dios obrará como nosotros queremos. Entendiendo que estos eventos son parte de estos últimos tiempos, que en su soberanía Dios NO explicará los eternos “por qués” que tenemos los seres humanos. Involucrarnos activamente, comprometidos a expresar el corazón compasivo de Dios por el que sufre sin la intención de negociar, ayuda a cambio de conversiones.

Ser sal y luz es funcionar con nuestra oración, nuestro involucramiento y nuestra acción.

De esta manera estaremos respondiendo a lo que Jesús dijo; “Como el padre me envió, yo los envío a ustedes”.

 

 

(*) JV es un músico argentino que vive en un lugar donde es difícil ser cristiano…