Por Damián Sileo

No recuerdo otro período de la historia de nuestro país en el que se haya vivido momentos tan virulentos en defensa de una ideología política. Fanatismos hubo siempre, pero el grado de violencia verbal y la constante ruptura de relaciones producto de la intolerancia por quien opina diferente se ha vuelto moneda corriente en los últimos tiempos en la Argentina.

La construcción de una sociedad, de un país, se nutre de la opinión del otro, de la interacción con quien tiene otro punto de vista de las cosas que el que pueda tener uno. La generación de debates es un buen argumento para poder llegar a conclusiones sensatas en beneficio de la población. Siempre digo que “debatir es abrir una ventana a la posibilidad de que uno pueda estar equivocado”. Pero, ¿qué sucede cuando en vez de debatir la única pretensión es imponer los argumentos propios? Seguramente el resultado será una discusión interminable, donde ambas partes quieran tener la última palabra, donde exista un retruque permanente para derribar los argumentos del rival, donde en nombre de la defensa de un ideal, en vez de combatir ideas atacamos a las personas y dejamos heridos en el camino.

En la Argentina estamos en la antesala de una situación histórica: será la primera vez que se elija presidente mediante el balotaje, ese desempate entre los dos exponentes más votados en las elecciones generales. El resultado de los comicios fue sorprendente, tanto para el oficialismo como para la oposición. Y dio comienzo a una cuenta regresiva con una campaña atroz con vistas al 22 de noviembre, en la que ambos candidatos pretenden, en menos de un mes, cambiarle la cabeza al electorado.

La carencia de ideas y de propuestas de ambos frentes despertó un modelo de campaña electoral que ya se viene viendo desde hace unos años, y que consiste en no hablar tanto de lo que el candidato o partido propone para bien del país si no en destrozar al opositor con declaraciones mediáticas pero también con el uso del archivo a través de redes sociales. Es así que comentarios, memes y videos pueblan el Facebook y Twitter para defenestrar al otro, y no tanto para hablar de lo que uno va a hacer si llega a ser elegido.

Y en medio de esta sociedad convulsionada y bombardeada por tanta información “en contra de”, está la iglesia. La iglesia como parte de la sociedad. La iglesia como protagonista, también, del acto democrático más importante que uno pueda ejercer, como lo es el elegir las autoridades. La iglesia que en otro tiempo cometió el pecado de escabullirse a la hora de involucrarse en la vida política de la Argentina por aquello de que “la política es sucia” o “es del diablo” y cosas por el estilo. Hoy, sufrimos las consecuencias de no tener en abundancia gente con valores cristianos en la función pública de relevancia.

En contraposición a esto,  hoy vemos una gran participación de los cristianos en la conversación política. La burbuja en la que nos encerraron nuestros líderes de antaño –por favor, no se tome esto como un reproche, porque nadie duda de las buenas intenciones con que lo hicieron- ya se rompió y hoy, hay un amplio porcentaje de cristianos que no solo votan, sino hablan, debaten, participan de la vida política de la Argentina. ¡Y eso está buenísimo!

Pero, ¿qué pasa cuando los cristianos superamos esa línea imaginaria que divide la intención de mostrar abiertamente sus preferencias políticas de la de entrar en el terreno de la campaña sucia que proponen los activistas de ambos partidos?

No habría que explorar demasiado en cuentas de Facebook de muchos cristianos que, adeptos a uno u otro partido, no sólo postean pensamientos acerca de sus preferencias a la hora de ir a sufragar, sino que se hacen eco de la viralización de videos, memes, fotos y diversos gráficos que forman parte de esa campaña sucia cuya única intención es buscar la destrucción de la credibilidad del rival político, cual si fuera un enemigo, y no un contrincante ocasional que, supuestamente busca el mismo fin, pero por distinto camino. Y las respuestas no se hacen esperar, y tristemente, nos convertimos en testigos de una batalla dialéctica entre los mismos hermanos en la fe que, en muchos casos, terminan con sus relaciones afectivas. Obviamente, previa eliminación de entre los contactos de Facebook.

Hace días se terminó la campaña de los “40 días de ayuno y oración” que, anualmente, promueve la agrupación de pastores “Argentina oramos por vos”, y coincidentemente con la fecha electoral, los devocionales de esos días tendían a inducir al pueblo cristiano ni más ni menos que a cumplir con el mandato bíblico de orar por las autoridades nacionales, provinciales y municipales. Esto, independientemente del color político, porque la bandera principal del cristiano, la primordial militancia, es la de Cristo.

Entonces, no es poco alarmante ver cómo la iglesia va perdiendo el foco y en vez de ocupar su posición de protagonista y conciliadora en una sociedad dividida, toma partido por uno u otro espacio político para ahondar la tan mentada grieta, pero ahora dentro de la misma iglesia. En la semana, peleamos a muerte vía redes sociales defendiendo a nuestro candidato favorito y el domingo, nos vemos las caras para rendirle culto a Dios. Vaya situación. ¿No será que si invertimos en oración aquellos minutos que gastamos en “investigar” las historias y discursos oscuros de los candidatos presidenciales obtendremos mejores resultados? ¿No será que si nos ocupamos, de antemano, en orar por quien sea, finalmente, el presidente, estaremos preparando un mejor escenario espiritual para el 10 de diciembre para aquél al que le toque ponerse la banda presidencial? ¿No será que si unificamos nuestros criterios espirituales y nos dedicamos a mostrarle a la sociedad que practicamos lo que pregonamos, la gente creerá definitivamente en que el verdadero cambio no viene de los candidatos o de los partidos políticos, sino que viene de Arriba? Pero para que eso ocurra, debiéramos dar ese paso en el que demostremos que, más allá de nuestra variedad de opinión y de afinidades políticas, somos seres maduros que hacemos primar nuestros valores más altos, como la fe que profesamos, que nos llama a la unidad en la diversidad, a la pacificación en vez de la contienda, a la unión en vez de la división.