Vivimos días muy sensibles los argentinos. Cuando algunos pensaban que el 10 de diciembre se cerraba una historia de discordias y peleas, se encontraron con que se cerraba solo un capítulo de la novela, porque inmediatamente se está abriendo otro que amenaza con perdurar por los próximos cuatro años.

Penosamente, mucha gente continúa en esta batalla dialéctica a través del facebook como si eso arreglara algo. Siempre me pregunté, ¿qué queda luego de postear una denuncia, o una profecía del desastre por el gobierno que viene o una estadística sobre enriquecimiento ilícito de los gobernantes que se van? Solo amargura y más división. ¿Solucionamos algo con esto? ¿Creemos que el que lee va a cambiar de opinión? ¡Claro que no! Entonces, ¿qué motivo hay para continuar con esta especie de cacería de brujas que, en vez de ir en búsqueda de la verdad lo único que consigue es sacar lo peor de cada uno, generando comportamientos que nos aleja más de nuestros afectos? 

¿Tanto se puede odiar? ¿A tanto llegó el fanatismo que no logra

medir a cuánta gente herimos con lo que escribimos o qué relaciones personales ponemos en juego, muchas de ellas, de familia o de hermandad en la fe? ¿Estamos dispuestos a vivir otros cuatro años así? ¿No será hora de pensar en tirar todos para la misma dirección? Con nuestras diferencias, claro está, pero con el mismo objetivo. 

 

El país que legamos

Estaría bueno pensar en el país que queremos dejar a nuestros hijos. Y ese país que les dejamos no es el producto de una serie de medidas económicas que tome un gobierno, ni tampoco su identidad de derecha o izquierda. El país que recibirán nuestros hijos como legado es el que cada uno de nosotros le demos como ejemplo desde lo que hacemos en casa, en la iglesia, en el trabajo, hasta lo que escribimos en las redes sociales. Tal vez en el futuro, nuestros hijos y nietos lean en los libros de historia que tal gobierno se robó todo y que tal otro gobierno devaluó, y será sólo un dato, una anécdota, pero lo que le va a quedar por siempre es lo que nos vean hacer a nosotros. Si continuamos en este absurdo de seguir ahondando en la división que hay en nuestra sociedad, seguramente ellos seguirán ese camino y se convertirán en agentes de división en vez de unidad. Si nos ven que estamos fanatizados por una ideología política antes que por los valores que nos debieran regir como seres humanos –amor, respeto, solidaridad, empatía, etc.-, en un futuro ellos pisotearán cualquiera de esos valores con tal de hacer prevalecer su postura política. 

Esta suerte de “sainete del traspaso” en el que nos han puesto como espectadores nos dan una clara muestra que ambos gobernantes, quien sale y quien entra, no están a la altura de la investidura que representan y, más allá de los fanatismos de uno y otro lado, han insultado la inteligencia de todos los ciudadanos por igual. No merecemos quedar en ridículo ante el mundo como nos han hecho quedar con este culebrón. Ahora bien, lo que uno pueda escribir en las redes sociales a este respecto, ¿cambiará algo de lo que ya está establecido? No. Nos guste o no, tendremos un nuevo color político gobernando por los próximos cuatro años y como ciudadanos, tenemos que esforzarnos por ser los mejores en lo que hacemos, dando ejemplo a las generaciones futuras de que podemos tener un mejor país si nosotros somos mejores cada día en lo que hacemos, más allá de quien gobierne desde la Casa Rosada. Si seguimos pensando que nuestra esperanza de bienestar se encuentra en un hombre o una mujer, corremos el riesgo de que a la primera desilusión con el poder de turno –porque la vamos a tener, eso hay que darlo por seguro- entremos en una depresión que será difícil de superar y que, lo que es peor, será el reflejo que le daremos a nuestros hijos.

 

Por Dios, por la Patria y… por lo que venga

El acto de juramento de quienes nos gobiernan, actualmente está tan devaluado ya que hoy se jura por él, por ella, por el movimiento, por los trabajadores, por los pobres de la patria, ¡por los que no aflojan!, en fin, como dirían nuestros jóvenes, “ya es cualquiera”. Pero la verdad es que se jura por la Patria, por Dios y por los Santos Evangelios. Entonces, ¿qué pasaría si, a diferencia de los gobernantes, que evidentemente hacen caso omiso al Poder Supremo por quien hacen este juramento, nosotros, como ciudadanos, empezamos a adoptar posturas que nos enseñan esos Santos Evangelios donde ponen su mano jurando lealtad y patriotismo? En esos libros se dicen cosas como “orar por las autoridades” (no especifica de qué partido político), o que “en cuanto de nosotros dependa, estemos en paz con todos” o que “un reino dividido contra sí mismo no puede prevalecer”. Es decir, nos da pautas de comportamiento a nosotros, los que estamos bajo autoridad. ¿No les parece que obtendríamos mejores resultados?

 

Damián Sileo