Por Ayelén Caffarena

 

Corría la tarde del martes, el frío vestía el paisaje desolado. El reloj marcaba las 17:15, hora del encuentro.

Ella llegó al consultorio acompañada de su esposo y de sus dos pequeños hijos. Los niños revoloteaban en la sala de espera mientras ella respiraba profundo, con la incertidumbre de no saber qué le deparaba este encuentro. Lucía una campera muy grande, como si intentase esconder su apariencia, su cabello negro y largo escondía parte de su rostro alarmado.

La puerta interna del consultorio se abrió; era momento de la entrevista. Ella pasó  sola, un tanto temerosa y otro tanto decidida. Sus primeras palabras salieron vacilantes con un timbre angustiado e inquieto: “Estoy embarazada de siete meses. Yo me cuidé, tengo el DIU, no puedo tenerlo”.

A medida que avanzaba en el relato, sus miedos, necesidades y aún sus dolencias se empezaron a transparentar. “Cuando le dije a mi mamá que podía ser que estuviera embarazada me dijo: Si estás embarazada lo abortamos hija porque, realmente, no podés”.

Con tan sólo 22 años se encontraba teniendo que tomar una decisión de vida o muerte.

Las lágrimas empezaron a correr por sus  mejillas y sus palabras entrecortadas se precipitaban más aprisa que su llanto. “No puedo, no puedo tenerlo”.

Los minutos parecían deslizarse entre las agujas del reloj, y de fondo se escuchaba una y otra vez la frase “No puedo, realmente no puedo tenerlo”. Cansada por lo que le tocaba vivir, creyendo que no había otra solución, intentando convencerse de que sacrificar a su bebé en  pos de sus otros dos hijos equiparaba el dolor que produce un aborto. Pasaron 45 minutos, hasta que sus labios pronunciaron una de las decisiones más loables que se podía esperar: “Lo quiero tener, es mi hijo”. Su corazón volvió a latir, su semblante por primera vez mostró serenidad, su voz ahora se escuchaba con esperanza, como quien siente que le han sacado una carga gigante que tenía en sus espaldas.

Se fue contenta, agradecida, con la esperanza otra vez como su aliada.

Ella eligió ser portadora de vida y no de muerte,

¿Pero que hubiese pasado si no escuchaba otra alternativa, si tal vez en el apuro de la rutina su voz se hubiese ahogado en el bullicio de la ciudad y el aborto hubiese sido la respuesta automática a la situación que le tocaba atravesar? ¿Qué hubiese sucedido si no le daban la oportunidad de contar su verdad, lo que de las paredes hacia dentro el mundo desconocía?

Las mujeres no abortan porque quieren, más del 64% se ven forzadas a hacerlo, sea por cuestiones económicas, de pareja, por el entorno más cercano e incluso por situaciones sociales.

Si frenamos la vorágine del discurso, y no sólo sacamos una foto del problema, si reproducimos su video nos vamos a encontrar con mujeres abandonadas, confinadas al destierro, cosificadas, que son forzadas a abandonar su querer en pos de complacer a otros, y que cuando tratan de cauterizar su conciencia, lo único que logran es herir de muerte su propio corazón.

Defendamos la vida, de las mujeres y de sus bebés. Porque sin vida, no hay derecho y sin derecho no hay futuro.

Ilustración: Matías Sosa.