Alguna vez un personaje mediático usó esa frase para referirse a aquellas personas que lo saben todo, y que con notable rapidez para el uso del dedo índice, sostienen argumentos en base a sus prejuicios, creencias e ideologías.
Estos seres de otra galaxia existieron siempre, pero han visto acrecentadas sus posibilidades de exposición a partir de las redes sociales. Es así que hoy, San Facebook ha logrado lo que ninguna universidad en el mundo: graduar al mismo tiempo a decenas de miles de personas con doctorados en política, educación, derecho, medicina, educación y economía. Y en este último tiempo, sumó una nueva carrera: la bioética.
El tema del aborto es “el” debate de hoy en la Argentina. Las voces se pronuncian, a favor y en contra, pero… ¿desde qué lugar?
En nombre del uso de la libertad de expresión, de la cual, por supuesto, uno no reniega porque a su vez, es usuario de ella, se han cometido algunos abusos, como el de denigrar al oponente de turno. Léase, el que piensa distinto.
Entonces, la tan trillada frase de que “en los debates se atacan las ideas y no las personas” pasó a ser un slogan en desuso para convertirse en la excusa perfecta para escupir toda la frustración guardada, que encontró, al fin, un lugar por donde canalizar.

El debate del debate
Previo al gran debate que se dará en estos días en Diputados para ver si despenalizan o no la práctica del aborto, se realizó una audiencia en la que defensores y detractores de este proyecto de ley expusieron sobre el tema. Más allá de algunas excepciones, mientras por el lado anti abortista se presentaron profesionales de la salud, la ciencia, la bioética, la psicología, la psiquiatría, el derecho y también muchas personas que trabajan en torno a la contención espiritual de quienes pasan por diversos traumas –por caso, el post aborto-, los defensores de la “interrupción voluntaria del embarazo” presentaron un desfile de actores, actrices, militantes LGTB en todas sus variedades, periodistas, filósofos, activistas de izquierda y algún que otro profesional que quedó eclipsado entre tamaña nube de nuevos científicos aprobados por las redes sociales.
Aun así, quienes defendemos la vida desde la concepción (aclaro mi postura, por si acaso aun no se dieron cuenta) vemos que la disputa está reñida. Aunque suene inentendible que quienes fueron elegidos para representarnos en el Congreso, puedan darle más crédito a un filósofo que dice muy suelto de cuerpo que un feto es una “larva” que a un biólogo, un médico y un científico que, al unísono, afirman categóricamente y con pruebas fehacientes, que el primer minuto de vida se produce con la unión del óvulo y el espermatozoide.

En el medio de la escena se encuentran los diputados, actores principales de esta película de terror, en la que tendrán que definir si darán luz verde para que podamos matar pibes o harán uso de cierto grado de conciencia y votarán en contra. La pregunta es si tienen conciencia, dado que más de un legislador hizo uso de sus redes sociales para realizar una encuesta popular. ¿Una encuesta? ¿Para qué? ¿Para saber qué decisión pueda restarle menos votos? Más miserias de nuestros legisladores que ya dejaron de asombrarnos. De principios y valores, bien gracias. Todo pasa por el costo político y la cantidad de votos que se pueda sumar en la próxima elección.

Por último, el pueblo. La gente. El común. Ese que opina porque el aire es gratis. Con todo derecho, por supuesto, pero generalmente desde un lugar que no es el propio. Un tema tan sensible como éste, que debiera ser motivo de discusión por parte de quienes saben del tema, debiera llenarnos de prudencia a la hora de emitir nosotros una opinión. ¿Acaso mi opinión no vale? Claro que sí. Pero el lugar desde donde ésta se da y la consistencia de los argumentos esgrimidos, harán que esa opinión tenga mayor o menor condescendencia.

Los argentinos hemos hecho de todos los temas, una materia de opinión. Podemos calzarnos el buzo de DT y darle consejos a Sampaoli en las redes sociales sobre cuál debiera ser el socio ideal de Messi. Podemos sacar nuestra calculadora y dar cátedra a los economistas; también desempolvar nuestro título de diplomático y hablar de política internacional como quien enseña a preparar un pancho. Y con el aborto hemos hecho lo mismo. Nos pusimos el overol blanco, y fuimos capaces de debatir de igual a igual con un científico y con un médico sobre el momento de la existencia de la vida intrauterina. Y lo hicimos tan livianamente que hemos embarrado la cancha confundiendo a cuanto lector desprevenido tuvo la desgracia de pasar por nuestro muro y leer nuestras propias barrabasadas, sustentadas en nuestros intereses y prejuicios.

¿Lo digo o no lo digo?
Entonces, ¿desde qué lado puedo emitir una opinión si no soy un profesional de la salud pero aun así tengo el derecho de opinar? Desde el sentido común, podría ser una respuesta. Eso que no aplicamos casi nunca a la hora de sentarnos frente al teclado para escribir, sin filtros, lo primero que se nos viene a la mente. Y el sentido común le dicta a nuestras conciencias un montón de palabritas a tener en cuenta: justicia, igualdad, empatía, humildad, amor, y podría seguir enumerando. En medio de eso, escuchar a quienes son idóneos en la materia para que podamos terminar de redondear nuestra idea. Porque también es sano y sabio escuchar a quienes más conocen y han transitado ya por ese camino. La lógica me dice que si hablamos de fútbol, Pep Guardiola tiene más autoridad para hablar del tema que el almacenero de la esquina de mi casa. Que si quiero ahondar sobre la música, será más prudente dialogar con Luis Salinas que con el pibe que recién está formando su primera banda. Ahora bien, para hablar de aborto, ¿somos capaces de denostar a ginecólogos, científicos, biólogos y trabajadores sociales para basar nuestra opinión en lo que me dice alguien que no es idóneo en ninguna de estas áreas?

Mi postura es clara al respecto: estoy en contra del aborto. Pero apelo al sentido común. No a mis prejuicios y ni siquiera a mi fe. Puedo decir abiertamente que como cristiano estoy a favor de la vida porque Jesús es vida. Un argumento válido, pero débil si me presento en un debate. Es la realidad.
Pero mi sentido común me dice primero que a mi creencia primaria la tengo que alimentar con el consejo de quienes saben del tema, y han dedicado años a estudiar para llevar luz al respecto.
Si desde que hicimos la escuela primaria se nos enseñó que según la biología, la unión del espermatozoide con el óvulo crea una nueva vida, ¿voy a cambiar de parecer porque una diputada con un pañuelo verde al cuello me diga que “eso no es una persona”?
Si un médico pediatra con 50 años de ejercicio me dice que presenció abortos y que es la crueldad más grande que puede haber porque ese feto siente y sufre, ¿voy a contradecirlo porque una actriz sostiene que “el feto no siente nada”?
Si una mujer de la villa que quedó embarazada con todas las condiciones en su contra, se la jugó por su bebé y dice que su condición social no la hizo echar atrás, ¿voy a prestarle más atención a aquella mediática que dice que “hay que defender a las mujeres pobres”, pero lo dice sentada cómodamente en su living de Barrio Norte?
Si la madre de Chiara, por quien se inició el movimiento de “Ni una menos”, se pronunció en contra del aborto, ¿voy a dar mi oído a quienes desvirtuaron impunemente esta movida hasta convertirla en la excusa para pedir que el aborto sea legal, ensuciando la memoria de Chiara y haciéndola pasar a un segundo plano?
Si la presidente de una fundación que trabaja con mujeres abusadas acompañándolas hasta el parto, pide por la aceleración de una ley de adopción y denuncia, con criterio, que una ley abortista estaría favoreciendo el accionar delictivo de violadores seriales, ¿con qué cara voy a seguir pidiendo aborto libre para quienes tuvieron la desgracia de ser abusadas?
Si para cada excusa que da un abortista hay una respuesta científica que la contradice, ¿con qué objeto yo continuaría con una postura a favor de quitarle la vida a un niño por hacer?

Vivimos tiempos muy raros, donde se exalta al pícaro y se ridiculiza al que quiere hacer las cosas honestamente. Donde lo que en un tiempo fueron buenos valores hoy está pasado de moda y aquello que nuestros padres nos enseñaron que era malo, hoy es aceptable, y hasta lo llaman bueno. Donde nuestro deseo de expresarnos derriba las barreras del respeto por el otro, de la sana costumbre de escuchar una opinión diferente; donde lo más importante no es debatir sino imponer mi pensamiento, y cuanto más humillo al contrincante, mejor es. Somos el caldo de cultivo para los que verdaderamente se alimentan de esta división social que vivimos: los políticos amorales, que ponen su voto según los lleve el viento; los empresarios que hacen del aborto, su negocio; los grandes medios de comunicación que viven de la pauta de esas empresas y los mal llamados movimientos feministas, que de feministas no tienen nada, porque denigran a la mujer llevándola a un estado de salvajismo y odio hacia el sexo opuesto como nunca se vio antes.
Que Dios nos libre de convertirnos en una nación que enarbole la bandera de la muerte, y de contribuir, desde nuestros espacios, a que eso suceda.

Damián Sileo