Por Camila Saraco (*)

 

Todos tenemos en algún rincón de nuestra memoria el recuerdo de alguna “frase célebre” que nuestra madre nos ha dicho. Las hay aplicables a todas las situaciones, por ejemplo, al perder algo y no encontrarlo, se acercaba nuestra madre con una seguridad que daba miedo diciendo “¿y si lo encuentro yo, que hago?” Y nosotros rogábamos que no lo encuentre. O también, al comenzar las salidas típicas en la adolescencia, o al ponerte de novio, posiblemente escuchábamos algo así como “esta casa no es un hotel ni un restaurante”, y, cuándo no, también un “yo no sé con quién te estás juntando”. Como estas, podemos encontrar cientos de frases que nos remontarán a algún momento de nuestra vida como hijos bajo el mismo techo que mamá.
Ahora, es cierto, que muchas de estas frases las recordamos de manera anecdótica, pero hay muchas otras, dichas en un tono no muy “amigable”, en reiteradas ocasiones, y con objetivos puntuales de manipular o controlar, que podrían haber dejado secuelas emocionales en nuestra vida de adultos. Es sabido que muchos padres hasta incluso sin querer hacerlo, lastimaron a sus hijos diciendo cosas “por su bien”.
Algunas secuelas posibles son:
1) Falta de confianza en sí mismos: haber escuchado que no sabíamos hacer tal o cual cosa, en lugar de recibir un acompañamiento para aprender a hacerlo bien, puede generar que no tengamos confianza para decidir y actuar por nosotros mismos en la adultez.
2) Autoestima baja: podemos pensar que los demás son siempre mejores que nosotros, sobre todo, si hemos crecido en comparaciones con los demás. Por ejemplo: “¿y si tus amigos se tiran de un puente, vos también?”. Como si mi criterio no valiera.
3) Aislamiento emocional: si crecemos escondiendo nuestras emociones de nuestros padres, que debieran ser un lugar seguro al cual acudir, decodificamos que sentir es malo, con lo cual, haremos lo posible para evitarlo.
4) Falta de comunicación: cuando lo que digo siempre está mal, o siempre hay una frase que me deja sin posibilidad de expresar mis ideas, comportamientos, etc., aprendo a callarme, y mi capacidad de comunicar lo que pienso (sumado al aislamiento emocional) hacen que no pueda acceder a un intercambio fluido de ideas y palabras con el otro (se ve mucho en la comunicación con la pareja, por ejemplo).
5) Dificultad para relacionarme con mis hijos: acá hay dos posibilidades: o repito la historia de “marcar” con frases célebres la vida de mis hijos, como me pasó a mí, o bien, evito la relación con ellos porque no sé cómo tener un vínculo sano. Por ejemplo, “el día que tengas hijos lo entenderás”. Como si mi lugar de hijo, estuviera dejando algo de peso en la tarea de criarme o educarme de mis padres. Y además el peso de saber si estoy siendo un buen padre hoy con mis hijos.
6) Dificultad para relacionarme con Dios: mi óptica fallida de la figura de autoridad y amor, que son los polos entre los que oscila mi mirada hacia mi padre y mi madre, hacen que traslade automáticamente esa forma de verlos, a Dios. Entonces mi relación con Él es dificultosa, porque lo veo como un Dios castigador que me persigue con “frases hechas”, en lugar de recibir sus consejos por amor, y su gracia ante mis equivocaciones.
Puede ser que las frases típicas de madre y padre sean muy anecdóticas y cómicas, pero quizás es bueno que hagas un trabajo de mirada hacia tu interior, y evalúes si alguna de esas frases no dejo alguna herida o quizás, “mala costumbre”, que aun en tu vida de adulto tenés, y que puedas recibir una nueva forma de ver las relaciones, tu propia vida, y también a Dios.
(*) Camila Saraco es Licenciada en Psicología