Por Karina G. López (*)

 

No conozco mucha gente que se pronuncie abiertamente a favor del odio y la violencia. Sin embargo, en estos días me llamó poderosamente la atención, que muchas de las personas que agreden, e insultan, y desean cosas malas para nuestro país “justifican” su actuar y su sentir en el hecho de haberse sentido agredidos primero. Cuando, en realidad, si  la ira y la violencia no tienen que ver con uno, no se la debería practicar ni siquiera cuando “las circunstancias lo justifiquen”.

¡Que evidente resulta la influencia de los líderes! Sabemos que lo que se siembra, se cosecha, para bien y para mal. Tenemos todo el derecho de hacer lo  que nos parece pero es importante hacernos  responsables  de lo que sembramos y entender que,  seguramente,  nos alcanzarán  las consecuencias.

La siembra de ataques brutales hacia el que difiere con su pensamiento, la agresión, la humillación y los comentarios irónicos durante tanto tiempo, trajeron, como consecuencia, un miedo estructural a opinar, en lo individual y en lo colectivo. Ésta es la desafortunada situación que  percibimos en nuestra sociedad en estos días: familias, amigos, conciudadanos y lo más triste, la iglesia divididos.

Ante esta triste realidad, qué importante es recordar que los líderes humanos pasan y, si tienen suerte, sólo se quedan con el reconocimiento que algunas personas pueden darles.

La Palabra de Dios nos sugiere: “Cuando ustedes hagan una buena acción, no lo anuncien por todos lados; de lo contrario, Dios su Padre no les dará ningún premio”. (Mateo 6:1-4).

2: “Si alguno de ustedes ayuda a los pobres, no se ponga a publicarlo en las sinagogas ni en los lugares por donde pasa la gente; eso lo hacen los hipócritas, que quieren que la gente los alabe. Les aseguro que ése es el único premio que ustedes recibirán”.

3: “Cuando alguno de ustedes ayude a los pobres, no se lo cuente a nadie”.

4: “Así esa ayuda se mantendrá en secreto, y Dios el Padre, que conoce ese secreto, les dará a ustedes su premio”.

En este texto, Jesús, básicamente, nos enseña a no solicitar elogio humano por medio de obras justas sino a confiar que Dios (tener fe en Dios) nos recompensará. Por eso es tan importante orar por las autoridades para que puedan conocer a Dios, porque han sido puestas por Él.

¡Qué enorme desafío tenemos por delante: asumir un compromiso fuerte con la paz! Y a pesar de todo, derribar toda división y cada uno de los cristianos, desde su lugar, responder con paz y dejar de “justificar el odio”. Creo que eso depende más de lo que nos pasa adentro, en el corazón, que en lo que pasa afuera. La Palabra de Dios nos ayuda a entender que esto sí es cuestión de gobierno, pero del corazón.

Mateo 6: 24 dice: “Ningún esclavo puede trabajar al mismo tiempo para dos amos, porque siempre obedecerá o amará a uno más que al otro. Del mismo modo, tampoco ustedes pueden servir al mismo tiempo a Dios y a las riquezas.”

Jesús dijo: “¿Qué mérito tienen ustedes al amar a quienes los aman?” (Lucas 6:32). Cualquiera puede amar a los que le aman, convertirse en un maestro del amor quiere decir que has aprendido a amar a los difíciles de amar, es cuando amas a los que no te aman, cuando amas a los que te irritan, cuando amas a aquellos que te desean mal.

Si no recibimos el amor de Dios en nosotros cada día, nos costará mucho trabajo amar a las personas, sobre todo a las personas difíciles de amar, a las personas problemáticas, violentas, a las que son diferentes o a las que nos desean mal. No alcanza con haberlo hecho un día, porque hay una lucha permanente por el trono de nuestro corazón. Por esto necesitamos el amor de Dios en nosotros, para poder amar a otros: “El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor” (1 Juan 4:16).                                                                                           

 

(*) Karina Gabriela López es Consultora Psicológica