Por Ulises Oyarzún

Le dijo Jesús a uno que quería ser su discípulo: “Las aves tienen nidos, las zorras guarida, pero el Hijo del Hombre no tiene donde recostar su cabeza”.
Posiblemente Jesús tenía casa. O, efectivamente, sí renunció a todo y era un predicador itinerante que dormía donde le agarraba la noche.
Aunque lo que está de fondo en este asunto, es que Jesús es un “minimalista” de la vida (como dice mi amigo Hernán Mulato).
Pues, en última instancia, uno puede ser un sujeto sin hogar, pero no por eso libre. ¡Cuánta gente sin hogar carga mochilas pesadas de culpas y miserias, atados a infiernos personales que les llevaron a vivir en el desamparo! No creo que haya aquí una idea romántica de la pobreza extrema.
Así como también hay aquellos que teniendo todo, no poseen nada. Viven la desgracia de quien no puede salir de aquella “miseria” de tener todo para ser feliz y vivir angustiado con la posibilidad de perder todo lo que han conseguido.
Vivir sin donde recostar la cabeza, es vivir sin arraigos. Vivir sin apegarse a nada. Disfrutar de todo pero no aferrarse a nada.
No significa necesariamente el despojo literal, sino la capacidad de saber que nada nos pertenece, que podemos disfrutar de la comida, el techo y el abrigo, el amor y la amistad, una noche de ensueño alrededor de una mesa bendecida o el verano con esos atardeceres en la playa, pero también podemos seguir adelante con la misma alegría si ya no tenemos nada de eso.
Saber que nuestro único arraigo es Dios. Que si lo tenemos a Él nada nos falta.
Este es un buen día para seguir al Carpintero. Aprender a disfrutar intensamente de la vida y también si los días son malos, con esa misma intensidad refugiarse en Aquel que no se va cuando la barca entra en zozobra.
Emprender el viaje con este “minimalista” de la vida, que nos enseña a buscar lo esencial de la existencia, y su vez, despojarnos de todo aquello que es un ancla que nos impide seguir avanzando en este viaje, en esta aventura única. El peregrinaje de vivir una vida con sentido.