Dentro de mis muchos defectos, hay quienes destacan ciertas virtudes que tengo y una de ellas (según dicen por ahí, no lo digo yo) es que pongo buenos títulos a las notas. Quise hacer gala de eso en este escrito, pero, como dirían Los Simuladores en uno de sus capítulos, sería un derroche de cerebro para un tema que no merece el más mínimo respeto.

Sí, leíste bien. No merece respeto una discusión de estas características en pleno siglo XXI. Es un debate que atrasa, que nos pone contra las cuerdas ante los golpes de quienes permanentemente buscan ridiculizar el evangelio.

Podría esgrimir una y mil razones por la cual creo que el servicio del músico debe ser bien remunerado (por músico entiéndase, ejecutor de un instrumento, cantante, banda, solista, ministro de alabanza, integrante de una banda que toca fuera de la iglesia, etc.). Hasta podría citar más de un versículo de Levítico o algún otro libro de la Biblia donde se recomienda el sostén económico de quienes están encargados de la música. O aun ponerme más bíblico resaltando versículos trilladísimos cuando se quiere justificar el sustento de quienes viven del ministerio.

Y es todo válido, pero voy a ir más profundo en un tema que es más preocupante que jugar un espadeo bíblico para ver quién la tiene más clara a la hora de debatir de teología, y ese tema es el RESPETO. Mejor dicho, el RESPETO QUE NO NOS TENEMOS entre nosotros mismos, los hermanos en la fe, los hijos de Dios. Los que buscamos en las redes sociales demostrar cuán píos somos, cuántos versículos nos sabemos de memoria (aunque no los apliquemos en nuestras vidas), los que purificamos nuestras redes sociales eliminando “gente tóxica” o que “no me edifica”, porque nos creemos más papistas que el Papa (uy, dije Papa… ahora me caerán a la yugular los cazadores de brujas). En otras palabras, los que somos el hazmerreír (y con justa razón) de quienes nos leen y reafirman su idea de no pertenecer jamás a este grupo de personas que se dicen hermanos pero se maltratan entre ellos.

Si nos respetáramos entre nosotros, si respetáramos el servicio o ministerio de nuestro hermano, este debate no solo no tendría sentido, ni siquiera existiría, no tendría lugar.

El día que valoremos los años de estudio, la inversión en instrumentos, las privaciones y cuidados que tiene el músico y especialmente los cantantes porque entienden que su voz es su instrumento, vamos a comprender que esta discusión es un absurdo.

La mezquindad de la iglesia (hablo de todos y cada uno de nosotros) es la que generó que hoy día se siga discutiendo esto. Porque si la iglesia hubiese valorado a nuestros artistas, remunerándolos coherentemente por sus servicios, éstos no tomarían represalias como “deposítame el cachet antes de confirmar la fecha”, o en el mejor de los casos, “asegurame la ofrenda para que pueda ir”. Sería lindísimo que el artista cristiano vaya ciegamente a donde lo invitan, entendiendo que cuando termine su presentación recibirá una ofrenda (no una limosna) acorde al servicio que ofreció. Queremos disfrutar de nuestros artistas, pero los desvalorizamos constantemente no pagando por lo que pagaríamos fortunas en otro lado, copiando o bajando su música antes de comprarle un CD, mendigando un ticket que cuesta lo que un combo en un McDonalds, o lo que es peor, cobrándoles por darles un espacio para hacer lo que nosotros mismos disfrutamos: su música.

Ahora, la pregunta del millón: ¿debe cobrar un músico cristiano que va a “servir”? Yo creo que sí, pero no porque éste lo imponga como condición o requisito, sino porque la iglesia que lo invita entiende que lo tiene que hacer y no tiene que esperar a que se lo recuerden.

Para no hacerla tan extensa, creo que lo que nos falta es, sencillamente, lo que nos pidió Jesús: que seamos UNO. Cuando eso suceda, habrá temas superados, que no ocuparán más un lugar en las redes sociales, las cuales pueden ser muy útiles para elaborar otro tipo de debates más serios y discusiones que nos sigan haciendo crecer y perfeccionar la obra para la que fuimos llamados.

PD: para los que les gusta tener un versículo bíblico para aprobar un pensamiento escrito, les dejo éste: “Ámense unos a otros; consideren siempre a su prójimo como mayor a ustedes; y no le hagan al otro lo que no les gusta que le hagan a ustedes”. Es cierto, todo parafraseado, de varios pasajes diferentes que sé que están en la Biblia pero no recuerdo en qué parte. ¿Importa acaso? ¿O iniciaremos otra discusión sobre si son bíblicos los “versículos bíblicos”?