Perdonar es un favor que te hacés a vos mismo (no a la persona que perdonás). Es por vos y para vos. La bronca y el resentimiento, si las dejás que aniden en tu corazón, te van a lastimar.
Así que perdonando te liberás. A veces, para poder perdonar, hace falta primero poner límites y tomar distancia. Es decir, evitar que esa persona te siga haciendo mal con su accionar, protegerte primero, resguardarte. Perdonar no es seguir relacionado a alguien. De hecho, tenés todo el derecho a cortar una relación que te hace mal. Perdonar no es poner los dedos en el enchufe. Perdonar es simplemente renunciar a nuestro derecho a la venganza y renunciar al rencor, sabiendo y entendiendo que la bronca, la venganza y el rencor a la larga me van a lastimar más que el incidente mismo.
Por sobre todas las cosas: perdonar es una decisión, no un sentimiento. Muy pocas veces vamos a “sentir” deseos de perdonar, pero podemos decidir hacerlo entendiendo realmente lo que es el perdón y el bien que nos hace (y el mal que nos evita). Y perdonar también es un proceso: no sucede de un día para otro, es un trabajo diario, una decisión que toma todos los días, hasta que sentís que sos libre del rencor.
Sin embargo, e incluso para poder perdonar después, tenés que tener un momento en donde expresar tu dolor y tu bronca, donde desahogarte. Tomate ese momento. Es tu derecho y te es necesario. Pero después, seguí adelante. No te ates al odio y al rencor. Sea lo que sea que te hayan hecho, te mereces algo mejor. Y pedí ayuda, rodeate de tu gente. Nadie dice que el perdón tenga que ser un proceso que emprendas sólo, “una procesión que vaya x dentro”. No te quedes solo, que hay mucha gente dispuesta a ayudarte.