Por Mayra Djimondian

Hoy presencié una situación que fue el corolario de lo que venía pensando camino a mi casa. Cómo si Dios me hubiera armado una puesta en escena de todo lo que estaba dando vueltas en mi mente durante el trayecto que duró mi viaje.
Iba con la radio prendida, pocas veces escucho personas que compartan con sensatez cuestiones de fondo cuando se habla acerca de “inseguridad”. La conversación se daba en el marco de la triste noticia de la muerte de un profesor de historia al que mataron para robarle la moto.
El periodista intercambiaba opiniones con algunos abogados y un ex-juez. Hablaban de cómo las teorías abolicionistas fueron ganando el terreno dentro del derecho penal argentino en los últimos 30 años, y hoy son plataforma de lo que se enseña en la Universidad, en los primeros años de abogacía. Analizaban sus implicancias nefastas de privilegiar a los victimarios, las cuales se evidencian en lo que padecemos como sociedad.
En el transcurso de la conversación, las palabras “límites”, “valores”, “respeto”, “autoridad”, “prójimo” y otras similares, fueron desempolvadas de años de letargo en los medios.
Mientras mis pensamientos iban y venían desde lo más básico, como la responsabilidad ineludible de cada familia para educar en valores, enseñar a respetar al prójimo y cumplir las normas, los panelistas señalaban el miedo de los gobernantes a ejercer la autoridad para poner límites, la falta de firmeza para hacer cumplir las leyes, etc. (En el medio me acordaba de que en la escuela me enseñaron que “mis derechos terminan donde empiezan los del otro”, ¿eso ya no corre más?)
Hago una parada antes de llegar a casa y me dirijo al Banco a hacer un trámite. En la fila, un hombre cincuentón con sombrero espera su turno. Se le acerca el guardia y amablemente le pide que se lo saque ya que de otro modo las cámaras de seguridad no pueden “tomarle la cara”, y esto es una normativa del Banco.
El hombre del sombrero lo mira impávido y le responde: “¿no querés que me saque los anteojos también? El guardia, paciente le repite el “speach” anterior. El señor del sombrero deja ver su malestar, hace una pausa, le retruca, hasta que por fin se lo saca. El guardia gira para irse, apenas se da vuelta el hombre se vuelve a poner el sombrero. El guardia vuelve.
Nuevamente la misma situación. El clima se pone rancio. Ninguno levanta la voz, pero es un tira y afloje tranquilo y a su vez descolocado…
Pregunto como para bajar los ánimos, “Sr. ¿por qué no se saca el sombrero?” Responde: “¿Usted me quiere decir lo que tengo que hacer?”
Y ahí me caen todas las fichas juntas…esta situación es la imagen patente de qué nos pasa, y lleva implícita la respuesta de por dónde empezar…
Respondo algo como: “No, ¿pero sabe? justo vengo pensando acerca de por qué estamos como estamos en este país…si no somos capaces de obedecer una mínima regla cómo esta, una medida de precaución por seguridad, difícilmente avancemos como decimos que pretendemos…
El guardia seguía parado frente al hombre. Al final se sacó el sombrero hasta que le tocó el turno de pasar y se lo volvió a poner.
La situación fue un poco rara y tensa, ¡pero todo se me hizo tan gráfico! Vi, en primera fila, una representación tan palpable que conjugaba un poquito de casi todo aquello en lo que venía reflexionando.
¿Cuándo dejamos como sociedad de “sacarnos el sombrero” frente al límite como gesto de respeto, y elegimos caminar por la cornisa de la mentalidad transgresora en el peor sentido del término? ¿Cuándo dejamos de entender que el límite es un aliado para el crecimiento y que lejos de coartarnos la libertad, respetarlo funciona como un cerco de protección tanto en lo individual, como en lo familiar y en lo social?
Por ahí, si “el límite” pudiera hablar diría: “estoy cansado de no ser cumplido, resignado a que me tilden de enemigo, de improductivo y hasta de negativo. ¡Renuncio!”