Como en toda disciplina, en la psicología hay textos “clásicos”. Si de estudiar la adolescencia se trata, la referencia obligada es al libro de Aberastury y Knobel sobre la “Adolescencia normal”, en el cual describen lo que ellos denominan “el síndrome de la adolescencia normal”. Allí se afirma que la adolescencia tiene su propia normalidad.

Pero… ¿qué es y qué no es normal?

A la hora de definir quién es “normal” y quien no lo es, en psicología se utilizan varios criterios y la “normalidad” varía según el medio socio económico, político y sobre todo la cultura en que cada uno se desenvuelve.
Un ejemplo extremo sería decir que ninguno de nosotros andaría desnudo por la calle. Eso sería “anormal”, seríamos detenidos por la policía y acusados de exhibicionistas. Pero si fuésemos a una tribu que no utiliza ropas o a un campo nudista, lo anormal sería lo contrario: estar vestidos.

De igual manera, en algunas culturas, un adolescente adquiere la plena mayoría de edad al cumplir con algún ritual que marca su entrada en la pubertad y su capacidad de engendrar hijos y en otras -como la nuestra- lo marcan las leyes que le van otorgando gradualmente capacidades y derechos legales, hasta llegar a la plenitud en un proceso gradual. Sin embargo, el proceso legal es automático, motivo por el cual puede no tener su correlato en el crecimiento intelectual y social de los adolescentes.

La adolescencia se caracteriza por ser una época de la vida de tremendos cambios en todo sentido, desde lo físico y lo social hasta la búsqueda de la propia identidad, diferente de la de los padres, con la cual se identifica sin oponer resistencia a lo largo de la niñez.

Así aparecen las actitudes de rebeldía con los padres y la sociedad, lo cual se puede considerar la “normalidad” de la adolescencia (por consiguiente, un adolescente que no manifiesta malestar y está totalmente adaptado y sumiso se considera “anormal” para su etapa evolutiva). Y lo que es anormal en otras etapas de la vida puede ser normal en la adolescencia.

Generalmente el adolescente se enfrenta a sus padres en la búsqueda de diferenciarse de ellos. Tiene una actitud crítica a lo que considera sus fracasos y aspira a ser “diferente” a ellos, en muchos casos identificándose con algún grupo o “tribu urbana” que le dé una identidad diferente, muchas veces extrema, pero siempre diferente a sus padres.

Simultáneamente, ésta es su lucha por la independencia, por su capacidad de decidir qué hacer con su vida o con quiénes relacionarse sin tener que rendir cuentas a sus padres. Y aquí surgen los conflictos más grandes con los padres que no comprenden que sus “niños” crecieron y que deben adaptarse a una nueva realidad.

Volviendo a la cultura, en países como Estados Unidos se espera que un joven salga de su casa al finalizar el secundario para ir a vivir a la universidad, con lo cual llega el momento de la total independencia de los padres (culturalmente se espera que al egresar de la universidad no regresan a vivir con sus padres), lo que supone para los jóvenes la esperanza de esperar a cumplir esa etapa, con una fecha cierta para su independencia. El sistema universitario argentino en que el joven sigue viviendo con sus padres y vuelve a casa al terminar el horario de clases, sumado a las dificultades para desarrollarse en un primer empleo profesional y sostener una vivienda independiente, hace que este proceso se prolongue hacia la “adolescencia tardía”, y en muchos casos de acomodamiento a esa situación se termine en una “eterna adolescencia”, sin certezas sobre cuándo llegará esa independencia deseada.

Mientras tanto, los adolescentes luchan con sus padres por definir su identidad, conquistar su independencia y controlar su mundo. De la flexibilidad de los padres dependerá en gran medida que este cometido lo logren o no con éxito. Si vale la analogía, la cuerda debe ser tensada por los padres en la medida justa para que esta se mantenga tensa pero que no se rompa. Tensa, poniendo los límites necesarios, fijando pautas y sosteniendo las disidencias con los adolescentes, de tal manera que estos se sientan desafiar a sus padres y que se están diferenciando de ellos, pero soltarla suficientemente cuando las tensiones son grandes para evitar que se rompa.

Si algo caracteriza a los adolescentes es que -ante el descontrol hormonal y de sus cambios personales- intenten controlar el mundo alrededor, generalmente a través de conductas desobedientes. Al enfrentarse a la imposibilidad de controlar su entorno o ante la presión de sus padres, una reacción común es la evasión a través de desaparecer.

Cualquiera que fue o es padre de adolescentes puede contar innumerables momentos con sus hijos en los cuales quedaron hablando solos ante un adolescente que se ofusca, da portazos y se encierra en su cuarto.

De esa manera tienen la ilusión de control de la situación. Dejan de escuchar a sus padres y sus exigencias para adentrarse en su mundo, en el propio mundo de su cuarto en el que son soberanos. Cuando los que andamos por los cuarenta y tantos años éramos adolescentes, el mundo del cuarto se limitaba a la soledad de las cuatro paredes, en compañía de la música favorita, alguna actividad solitaria y los posters de la pared.

Hoy los adolescentes pueden estar encerrados en su cuarto pero conectados con el mundo a través de los diferentes dispositivos electrónicos que los conectan instantáneamente con amigos y grupos de pertenencia con los cuales, inclusive, tienen la oportunidad de hacer descarga de sus emociones, exhibir su rebeldía y recibir comprensión y aceptación de parte de sus pares. En casos extremos, esa vulnerabilidad es la que aprovechan los delincuentes que establecen lazos por internet para fines que tienen terribles desenlaces.

Finalmente diremos que esa necesidad de control de la situación, dependiendo del grado de inflexibilidad y el nivel de conflicto con los padres, combinado con el tipo de personalidad del adolescente, puede producir la mezcla explosiva perfecta para que –ante su percepción de ser incapaz de controlar la situación- un adolescente tome decisiones que lleven a medidas extremas tales como el intento de suicidio o la fuga del hogar.

Las diferentes formas de consumar el intento de suicidio dirán qué grado de desesperanza tiene respecto de la situación, si es de aquellas reversibles que le pueden dar mayor control de la situación posterior al hecho. O aquellas en las cuales se asegura terminar con su vida, ya que estas formas demuestran que se siente acorralado y con total falta de esperanza por la posibilidad de un cambio.

Por otra parte, mientras el suicidio adolescente es una salida destructiva, la fuga le da una ilusoria “salida a la libertad”, a la posibilidad de construir una vida diferente, de comenzar de cero en otro lugar, en otras condiciones. Y aunque esas condiciones sean desfavorables a la vida familiar que deja atrás, está creando su “propio destino”, diferente al de esos padres “que no entienden nada de la vida”, quizás facilitado por el entorno que “si entiende” sus necesidades, al cual quizás solo conoce por medios virtuales.

El mantener el equilibrio perfecto entre el control y la libertad, acorde a la personalidad de un hijo adolescente, parece ser la tarea más dura y difícil que como padres podemos enfrentar.