Por Claudio Bodean (*)

 

El temor es una emoción dolorosa, excitada por la proximidad de un peligro, real o imaginario, y acompañada por un vivo deseo de evitarlo y de escapar de la amenaza. Es un instinto común a todos, del que nadie está completamente libre. La conducta del hombre y sus actitudes ante la vida están condicionadas en gran medida por esos temores que brotan de nuestro interior en grados tan diversos que van desde la simple timidez hasta el pánico desatado, pasando por la alarma, el miedo y el terror. En casi todas las motivaciones humanas subyace algún tipo de temor que frena y condiciona nuestros actos. Este hecho ha sido largamente conocido y aprovechado, a través de los tiempos.

El temor normal puede ser saludable hasta cierto punto, puesto que, a veces, pavimenta el camino del propio progreso, ayuda a preservar la vida o actúa como estímulo en el cumplimiento del deber. El problema es que el hombre teme en exceso. Teme por su propia vida, por su buen nombre y posición, por su familia y por sus posesiones. A medida que adquiere bienes, fama y poder, adquiere también el temor a perderlos y eso conlleva la constante preocupación de velar por su salvaguardia, lo que le convierte en víctima de su propia ambición. 

Existe otro tipo muy común de temor que es imaginario o “irracional”. Es un miedo irreal que constituye un grave problema para el individuo y, muy a menudo, se convierte en el factor que predispone para que la desgracia imaginaria que uno teme, se produzca realmente. Tal puede suceder, por ejemplo, al conducir un coche con aprensión. Tampoco es infrecuente, se oye decir a los médicos, que un paciente totalmente sano, pero temeroso de haber contraído cáncer, termine siendo víctima de la enfermedad. Casos más conocidos son los de estudiantes bien preparados que fracasan en sus exámenes por causa del miedo y nerviosismo que estos les producen.
Algunos de estos temores antinaturales se denominan fobias. Quienes los padecen no se ven amenazados por ninguna causa objetiva y próxima y, sin embargo, son incapaces de liberarse de sus sentimientos negativos. Los hay que temen a las ratas, a la oscuridad, a las tormentas. Algunos tienen miedo a la soledad. Otros, a las grandes muchedumbres (plurofobia) y muchos se espantan cuando penetran en espacios cerrados, como túneles, ascensores, etc. (claustrofobia). En estos casos, el temor es para la mente lo que la parálisis para el cuerpo. Es el principio de todos los males, ya que los temores de un cobarde le exponen a todo tipo de peligros. Cuando el miedo es constante, uno pierde la confianza en sí mismo y en la propia capacidad. Se siente incompetente y abocado al fracaso. Además, los temores imaginarios causan enfermedades, consumen la energía del cuerpo y producen desasosiego y pérdida de vitalidad.

Podemos distinguir claramente dos tipos de temor: real e imaginario. El primero es debido al apego. Uno se apega a su automóvil, a sus hijos o a su propia vida. El temor va creciendo lentamente y cada vez siente mayor miedo a perderlos. Dondequiera que hay apego, hay temor. Dondequiera que hay temor, hay debilidad. 

El origen de los temores imaginarios o neuróticos se remonta, a menudo, a la infancia. La mente del niño es muy impresionable y plástica. Las semillas del temor pueden permanecer latentes o dormidas en su mente subconsciente y germinar más adelante hasta convertirse en fobias. Los padres y profesores tienen una gran responsabilidad durante la educación del niño. Jamás deben decirles nada que pueda asustarles. Por el contrario, deben contarles historias en las que sean resaltados la generosidad y el valor. Así pondrán en sus mentes semillas positivas que puedan germinar en grandes virtudes.

Para conquistar el temor es preciso, en primer lugar, enfrentarse a él. El hombre teme más a lo que desconoce. Si una persona siente miedo de hablar a otra, debe mirarle descaradamente al rostro. Su temor se desvanecerá. Quien sea cobarde, ha de poner semillas de valor en su corazón. Lo positivo siempre se impone a lo negativo. Concentrándose en la cualidad opuesta, el temor finalizará por desaparecer. La introspección es también de una gran ayuda. Si uno se sienta tranquilamente y reflexiona, los temores imaginarios se desvanecen. Es preciso aprender a discriminar. Es un hecho que la conducta humana está casi siempre inspirada en la ignorancia y el temor, pero no es menos cierto que puede estarlo también en la sabiduría y el amor.

 

 

(*) Claudio Bodean es pastor y consultor psicológico.