Por Camila Saraco (*)

Una reciente encuesta en las redes sociales de Perfil Cristiano arrojó que existe una gran disconformidad con el sistema educativo escolar. Más allá de la enseñanza en sí misma, la consulta se centró en los niveles de atención y captación de contenidos y en cómo el sistema de horarios y duración de las horas cátedras atenta contra el aprovechamiento de las personas de adquirir mayor y mejor conocimiento.

Al abordar un establecimiento educativo desde la perspectiva psicológica tenemos como punto importante la diferenciación entre lo que esa institución tiene como objetivo (que sería educar, entre otras cosas), a quién tiene como actores y beneficiarios de ese objetivo (allí encontramos actores como los docentes, el alumnado, que también es beneficiario, además de las familias, y a nivel macro, la sociedad), pero cuando nos preguntamos acerca del “para quién”, podemos encontrarnos ante una disyuntiva.

Desde este ángulo, si abordamos la escuela, podemos respondernos de diferentes maneras: están los que dirán que la educación es para los que la reciben, es decir, los alumnos y está el grupo que dirá que la educación, mas allá de los alumnos, es la forma en que se va regulando lo cultural, con lo cual la educación educa para la sociedad.

Yo estoy en el grupo que incluye ambos aspectos. Considero que la educación es un acto que aporta a lo individual del sujeto, y el producto de ese aporte es lo que el individuo devuelve a la sociedad. Por eso tenemos sujetos educados (en cuanto a educación formal, no a valores o modales, que van por camino aparte, si bien también se aprenden en la escuela) que no han podido procesar lo recibido y devolverlo como algo modificado que aporte a la sociedad.

Por esta vía, surgen varias preguntas respecto a la forma que utiliza el sistema educativo en nuestro país para educar a estos individuos. ¿En qué se centra esa forma?

El termino educar significa “Desarrollar las facultades intelectuales, morales y afectivas de una persona de acuerdo con la cultura y las normas de convivencia de la sociedad a la que pertenece”. Ya en su misma definición vemos el enfoque destinado la sociedad, pero, incluye la palabra persona.

Cuando revisamos la manera en que las instituciones educativas forman a los alumnos, encontramos la falta de conciencia en cosas tan simples como: horarios, estructuras y duración de las clases, formas de evaluar contenidos, entre otras.

Por ejemplo, si sabemos que la plena atención en los niños no comienza hasta un buen periodo posterior a levantarse, ¿Por qué tenemos horarios de clases que comienzan a las 8:00 am o antes? Podríamos pensar en este sentido la utilidad para los padres, en lo referido a poder dejar a sus hijos en el colegio a un horario que les permita llegar a sus trabajos, sobre todo considerando que el trabajo suele estar nucleado en las capitales, y hay mucha población que requiere de un buen tramo (y tiempo) de traslado hasta allí. Y allí me pregunto nuevamente ¿no se estaría desvirtuando el enfoque que apunta a la individualidad del alumno? Tenemos padres que llegan a sus trabajos a horario, colegios que reciben alumnos a un horario puntual e incluso antes, y lo digo con conocimiento, ya que lo he vivenciado en los años que me desempeñé como psicóloga en establecimientos educativos, donde había niños que llegaban incluso hasta un cuarto de hora antes del horario de entrada, para favorecer que los padres lleguen a horario a sus trabajos, pero por otra parte tenemos alumnos que logran asimilar contenidos entrada la mañana, justamente por la falta de atención plena a tan temprano horario.

Es cierto, también, que en muchos casos no queda otra alternativa para las familias que manejarse de esta forma, ya que los horarios de trabajo son así, y de colegio también. Pero quizás sería bueno ordenar las materias, por ejemplo, según los horarios físicos. Es decir, materias que requieren menos atención plena colocarlas más temprano, y luego las demás. La duración de las materias (o módulos en que se las agrupa) es otra cuestión, como así también que días y horarios le corresponde a cada una.

Los cronogramas de clase se arman en base a la disponibilidad de los docentes, y no considerando las correlatividades de las materias en cuanto a agruparlas por sus contenidos, es decir, pensando en el alumno. Habría muchas formas de repensar la forma de educar si centramos la mirada en la individualidad del sujeto. Una reciente investigación propone copiar el modelo de educación de las escuelas rurales, a las escuelas urbanas, ya que se comprobó que hay menor deserción escolar en aquellas.

En las escuelas rurales, por ejemplo, las clases comienzan cuando llega el último alumno del curso, y eso depende del horario en que el colectivo pasa por el barrio y va hacia la escuela. Vemos una modalidad centrada en el alumno y su necesidad individual. Entiendo que las escuelas con alumnado masivo, como las hay en la ciudad, no podrían llevar a cabo estrategias de este tipo, pero sí comenzar a modificar la mirada, considerando al alumno como mayor beneficiario de la educación, y luego lo que ese alumno hace con lo recibido, es el aporte que dará a la sociedad. Ya

La Biblia, en el libro de Proverbios, nos enseña que sobre todas las cosas que adquirimos en la vida, lo mejor es adquirir sabiduría. La sabiduría implica aplicar mis conocimientos de manera correcta en el momento correcto, pero si el establecimiento que se encarga de educar, está centrado en lo que el alumno tiene que centrarse, el objetivo se perdería. Es decir, la escuela debe ocuparse de formar en contenido (y valores) al alumno. Pensando en el alumno como sujeto que aprende, y luego, lo que ese alumno haga con lo aprendido, es lo que se le devolverá a la sociedad.

Tal vez por estar haciendo las cosas al revés la sociedad no recibe lo que le corresponde.
Por eso mi interrogante, ¿Para quién educa la educación?

Lic. Camila Saraco
PsicólogaMN. 57791
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