Por Gustavo Romero (*)

Pienso en los desesperados esfuerzos que hacen muchos cristianos para defender su postura política.
Pienso en cómo agravian a otros por los cuales Jesús derramó sangre simplemente porque no piensan igual.
Pienso en los que no tienen a Jesús en el corazón y leen cómo se pelean como si la razón fuese una sola.
Pienso en cómo usan las redes sociales para pelear, difamar e imponer ideales.
Pienso en el tiempo que dicen no tener, pero sin embargo, lo invierten en desacreditar al otro porque es de otra bandera política.
Pienso en los líderes cristianos que plasman odio, recelo y parcialidad política a sus seguidores.
Pienso en José Hernández haciendo hablar a Martín Fierro diciendo que “si los hermanos se pelean, los devoran los de afuera2.
Pienso que el devorador está feliz porque esto suceda.
Pienso que no nos damos cuenta que nuestro reinado y autoridad es con y en Cristo, como dice Pablo y lo que sucede políticamente en la tierra tiene que suceder, inexorablemente.
Pienso en los miles de cristianos que fueron a una marcha (arriados o convencidos) pero no caminan cien metros a visitar a su hermano.
Pienso en los que usan textos de la Biblia para apoyar causas terrenales cuando todo texto fuera de contexto, es solo un pretexto (sino fijémonos en las miles de sectas que surgieron a lo largo de la historia basadas en un texto bíblico).
Pienso en Mateo. 24:11-12.
Pienso en los que no piensan y se dejan arrastrar por la idea de otro, sin tener autocrítica.
Pienso que Satanás dejó de ser un ángel de Dios cuando empezó a pensar que tenía razón, que él podía, que no debía sujetarse a autoridad.
Pienso en el mensaje que le dejamos a nuestros hijos. Que en vez de doblar nuestras rodillas les enseñamos a usar armas carnales.
Pienso en que yo tengo mi propia lectura de la historia. Ni verdadera ni mentirosa, sólo mi lectura.
Pienso en cuantos Jim Jones están entre nosotros.
Pienso, y estoy cada vez más convencido, que la iglesia ya no está dentro de las paredes. Que “La iglesia que Jesús quería” (maravilloso libro por cierto, y lo recomiendo) está no sólo en las calles sino en ser diferentes por pensar diferente.
Por hacer de Cristo nuestro centro.
Por tener la Biblia como libro de fe y práctica.
Por tener la oración como herramienta imprescindible para la vida cristiana. Y si es tres veces por día, como Daniel, mejor.
Por la comunión con los hermanos, pero trascendiendo las paredes de un templo. Comunión más allá de dos horas por semana.
Por participar de la Cena del Señor como símbolo que me confronta con lo que soy y lo que se pagó por mí.
Pienso cuántos intereses económicos afectaría si la iglesia funcionara fuera de los templos.
“Baja a Dios de la nubes”, dice una vieja canción cristiana invitándonos a llevarlo a la fábrica donde trabajamos.
Parecería que a muchos no les alcanzó con tener iglesias grandes sino que después se transformaron en Apóstoles auto-ordenados. Luego el ministerio pasó a ser profético, mutando a internacional. Y si la foto del pastor y la esposa no están en el cartel parece que Dios ahí no actúa.
No. No alcanzó con eso. Ahora tenemos que politizar el evangelio. Tenemos que arriar a la gente hacia nuestras ideologías desde el púlpito o la vidriera de las redes sociales.
Pienso en Moisés de cara con Dios y el pueblo adorando al becerro. Y hoy hacemos lo mismo, presentando a tal o cual candidato a nuestros hermanos en la fe.
Pienso que mientras leés esto estás pensando cómo refutarme. Pero no lo escribí para agraviar a nadie sino es sólo lo que pienso.
Porque todos tenemos derecho a pensar, y pensar distinto, pero como cristianos tenemos límites. Tenemos una ética a la cual referirnos. Tenemos la obligación de ser cristocéntricos. Hablar como Cristo, pensar como Cristo, vivir como Cristo.

(*) Gustavo Romero es Consultor Psicologico