Si nos remitimos a las palabras de Jesús cuando habló de la vid verdadera, vemos que hace énfasis en “llevar fruto”. Y también habla de que quitará, cortará, aquél pámpano que no lleve fruto.
Jesús lo aclara: si no das fruto, te voy a cortar. Y si das, te voy a limpiar de vez en cuando para que lleves más fruto.
Dios no se conforma con que des frutos, siempre va a querer más, y la relación con Dios hará que ese pámpano aguante la presión, la poda de Dios, para poder llevar más fruto.
Si pretendemos servir a Dios solo para recibir, no entendimos el motivo de estar relacionado con Dios. La relación con Él es para tener fruto.
Esta debe ser una de las parábolas más fuertes de Jesús en el sentido de que aplica una condenación. Dice en Jn. 15:6 que “el que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará, y será recogido y echado al fuego”.
Jesús no le estaba hablando al común de la gente, sino a sus discípulos. Estaba formando ese liderazgo que luego revolucionaría al mundo. Les estaba pidiendo que produjeran, porque Jesús era un productor por excelencia.

Cuando uno produce, siente satisfacción, porque ve que ese producto es fruto del esfuerzo, del trabajo y fundamentalmente, de la comunión con Dios. No debemos olvidarnos que “sin Él nada podemos hacer”.
Jesús contantemente hablaba de producir. Producir frutos de arrepentimiento, producir frutos del espíritu, ¡producir discípulos! Es una constante en las enseñanzas del Señor esto de “producir”. Y pretende eso mismo de nosotros, que produzcamos, porque la capacidad de producir es un regalo suyo, es un don que nos dio para que podamos llevar frutos buenos.

Ahora bien, ¿cómo podemos aplicar esta enseñanza de Jesús a la cotidianeidad de nuestras vidas?
Primero y principal, permanecer en Él. No ser ingratos cuando nos empieza a ir bien, suponiendo que sin estar agarrados de Dios podemos producir algo por nuestros propios medios.
En segundo lugar, declarar audiblemente el resultado de lo que estás gestando, de lo que estás produciendo. Cuando Jesús bendijo los pocos panes y peces ante la multitud, no solo pensó en el resultado, sino que lo proclamó, y Dios hizo el milagro. Notemos que Jesús mismo demostró esa dependencia de Dios antes de “producir”. ¡Qué mejor ejemplo que el Señor mismo muestre que sin Dios nada podía hacer! Cuánto más nosotros.
Y en tercer lugar, trabajar. No basta con permanecer en Dios, no basta con declarar. Si no ponemos manos a la obra, el circuito está incompleto. Un clásico ejemplo es del de Josué. No cabía duda que Dios estaba con él, pero sin embargo, el mandato fue “esfuérzate y sé valiente”.

Produzcamos. Hagamos que Dios se manifieste en nosotros llevando buen fruto, en todos los aspectos de nuestras vidas, ya sea el espiritual, como el económico o el intelectual. Produzcamos, porque producir, es un don de Dios.