Por Gustavo Romero

Muchos sabemos qué es un proceso de duelo, sin embargo, poco conocemos que está conformado por cinco etapas: la negación, la ira, la negociación, la depresión y por último, la aceptación.
La negación comienza al momento de recibir la mala noticia del deceso del ser querido, proyecto o mascota. La persona no acepta la mala noticia. Inmediatamente comienza la descarga emocional mediante la ira: se rompen objetos, grita, insulta y llora desconsoladamente. Pasada esta etapa, con la negociación comienza a ser aceptado lo inevitable queriendo amortiguar el impacto de las consecuencias e intentando de alguna manera volver al pasado. A la depresión generalmente la acompaña el aislamiento, el llanto, el reencuentro con fotografías y ropa por lo cual se intenta estar cerca del ser amado; esta suele ser la etapa de mayor duración y riesgo. Seguidamente la aceptación aparece, lo inevitable es tomado como tal y los proyectos a corto plazo comienzan a aparecer.
Sin embargo hay una etapa previa que no suele ser tomada en cuenta que se le denomina PRE DUELO.
El pre duelo es aquella vivencia de pérdida de un ser querido, (proyecto o mascota) anterior a que se produzca el deceso. Al contrario de las etapas del duelo que se manifiestan tras la muerte de la persona, su elaboración necesariamente comienza antes.
El pre duelo es ni más ni menos que la vivencia por la que ya no encontramos en el ser querido a aquél que recordamos, no porque haya muerto sino porque el proceso terminal lo muestra diferente a como solía ser. Si es una abuela, ya no nos recibe los domingos con los ravioles o si es nuestro perro ya no corre hacia nosotros cuando llegamos del trabajo. Es el mismo ser pero en circunstancias diferentes donde ya no puede responder de la misma manera.
La pérdida de capacidades físicas y cognitivas que produce, por ejemplo, una enfermedad, llevan a la distorsión de las personas, a lo cual se une los medios de la persona afectada por el pre duelo ante la posible inminente pérdida del ser querido; todos estos elementos confluyen para crear este estado o vivencia.
¿Cómo ayudar a una persona en pre duelo? En primer lugar, escuchándole. Hay que dejar que la persona hable, que se exprese, que diga todo lo que siente. Es importante no aconsejar si el sufriente no lo solicita.
En segundo lugar, colaborando para que no encapsule sus sentimientos; que exprese, que diga absolutamente todo aquello que siente sin juzgarlo.
En tercer lugar, acompañarle de físicamente. Tenemos que estar con la persona el mayor tiempo posible; sin interrumpirla, sin molestarla pero estar con ella. Esta presencia será fundamental al momento de recibir la noticia del fallecimiento ya que serviremos de contención ante el primer impacto, brindando un hombro donde pueda llorar y un abrazo reparador.
En cuarto lugar, debemos alivianar a la persona en las tareas no significativas. ¿Cuáles son las tareas no significativas? Por ejemplo, sacar la ropa limpia del lavarropas, colgarlas en la soga, hacer la comida, etc., toda aquella tarea de la vida cotidiana que interrumpa a la persona a vivir su proceso de pre duelo, que no la deje elaborarlo correctamente.
En quinto lugar, dejando que tome contacto con las tareas que SÍ le resultan significativas (buscar los chicos el colegio, acomodar ropa, cocinar, etc.). Paradójicamente, estas pueden ser las mismas que las del punto anterior. Mientras que, para algunas personas en pre duelo, les incomodan o tensionan ciertas tareas, otras encontrarán a las mismas como refugio o como objetos por los cuales canalizar los sentimientos. Mientras que a algunos le fastidie hacer la comida, otros querrán cocinar “como lo hace mamá”, quien está en estado terminal.
En nuestras iglesias estamos acostumbrados a aconsejar y a acompañar a la persona en proceso de duelo; sin embargo raramente reconocemos a la que está en pre duelo. Nos centramos tanto en el milagro que esperamos que Dios haga que olvidamos que mientras tanto hay personas que están sufriendo.
El pre duelo anticipa la muerte. Cuando hablamos de pre duelo estamos refiriéndonos a un desenlace inevitable. ¿Falta de fe? ¿Falta de espiritualidad? ¡En absoluto! Debemos creer en el poder de Dios y orar por milagros (“Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados” – Santiago 5:15). Pero también tenemos que ser sabios y reconocer el señorío de Dios por sobre nuestras vidas (“Y El es antes de todas las cosas, y en El todas las cosas permanecen” – Colosenses 1:17) (¿O acaso no oramos diciendo “hágase tu voluntad”? – Mateo 6:10). Y por otro lado la finitud del humano en tanto cuerpo finito, que tarde o temprano llega a su límite de vida física.
No olvidemos que en nuestras congregaciones no solo asisten “almas”, sino seres humanos, personas que sufren, que necesitan un abrazo, alguien que las abrace y las escuche.
Estemos atentos, como la iglesia primitiva, a las necesidades básicas de las personas, porque eso es ser iglesia.

Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros.
En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros.
Juan 13: 34-35.