Por Edgardo Carrizo (*)

“No llevéis bolsa, ni alforja, ni calzado; y a nadie saludéis por el camino”. (San Lucas 10:4)

Un día, mientras leía este texto, Lorena, mi señora, me preguntó cuál era el motivo por el que estos discípulos no debían saludar a nadie. ¡Qué buena pregunta! Me quedé pensando. Y en ese momento, recordé a un familiar que tengo, un tío. Todas las mañanas solía realizar sus compras. Él iba a la panadería, carnicería, verdulería, etc.

Todo lo tenía a tres o cuatro cuadras de su casa. Lo que debería tardar más o menos una hora. ¡Él tardaba más de dos! ¿Qué era lo que pasaba? En el trayecto, mi tío, saludaba a sus vecinos y se quedaba charlando. Y, por supuesto, se le hacía tarde.

Volviendo al texto, los discípulos de Jesús tenían una misión que cumplir. No debían distraerse. Tenían que focalizarse en hacer aquello que su maestro les había mandado. Es bueno saludar a los demás, pero hay ocasiones en que las cosas buenas pueden arruinar a las cosas mejores.

Conclusión: No descuidemos de hacer las cosas mejores, las que Dios nos ha encomendado.

(*) Edgardo Carrizo es comunicador social.