Cuando era más chica abría la ventana y hablaba con Dios. A veces mi mama entraba en mi pieza y no me encontraba porque cerraba la cortina, y ahí estaba yo, con las piernas arriba del techo, escondida en el cielo; arriesgándome a caerme, pero segura de con quien estaba.
Cuando no encontraba explicación a algo, miraba las estrellas, me imaginaba que todo iba a estar bien. A veces me parecía que alguna titilaba, y en medio de alguna lágrima, sonreía. Hubo noches mas iluminadas que otras, hubo noches de nubes, de lunas blancas y amarillas, noches de invierno. Las recuerdo casi como ayer: el viento sobre mi cara, los grillos testigos.
Un verano llegué a casa y la ventana tenía un tejido. Mi papá se había encargado de ponerlo para que no entraran mosquitos. Desde ese día ya no abro la ventana, ni siquiera para que corra viento, porque igual entran bichos y no me gusta ver la noche enrejada. Hace poco me volvió esa imagen a la mente y me pregunté por qué ya no lo hago.
Me puse a pensar en los tejidos de mi vida, que simplemente no saqué porque cumplían “alguna función”, tejidos que alguien más puso, pero que no me sirven. Creo que me acostumbré y lo peor es ser conciente de ser conciente.
Pero algo es cierto: no todos somos iguales.
Algunos preferimos los mosquitos y un poco de estrellas.
Por: Veronica Del Vecchio