Por Maximiliano Domínguez (*)

¡No me molesten! ¡Voy firme hacia mi objetivo! Tengo una misión y debo cumplirla… ¡Hay un infractor y DEBO juzgarlo y condenarlo!

¿Cómo se atreve este reo a mirarme a los ojos? ¡Vengo a dictarle sentencia por su pecado!

Seguramente no aceptará lo que le voy a decir, pero es mi deber, desde mi posición, decirle lo que hizo mal.

¿Si estoy seguro que hizo algo malo?

Pero claro… ¡estoy seguro! Y debo juzgarlo ya mismo.

Tengo que darle una clara muestra de sabiduría, inflexibilidad y luego, suavemente, una mano extendida de absolución si se arrepiente. Soy perfecto, pero no inhumano…

¿Conocen a este personaje? ¿Lo sufrieron alguna vez? ¿O fueron ustedes alguna vez?

Hace unos días, vino a visitarme una versión de este personaje, me confrontó, me juzgó, me condenó y me dio lecciones de lo que tenía que hacer.

Claro, me enojé muchísimo. En algunas cosas tenía razón y en otras estaba totalmente equivocado. Pero en ese juicio sumario, no había fiscal, ni abogado defensor. Éramos el Juez y yo.

Cuando se fue, me quedé pensando, asombrado en que me había cruzado con un cristiano cabal, perfecto, designado para juzgar condenar y enseñar de “un saque”.

Luego cuando pasó el efecto del asombro por el tema y la violencia del juicio, me puse a refunfuñar y pensar en el juez. 

¿Quién lo había investido con su “poder”? Pensé que Dios, pero luego recordé que Dios dice

“Amados hermanos, no hablen mal los unos de los otros. Si se critican y se juzgan entre ustedes, entonces critican y juzgan la ley de Dios. En cambio, les corresponde obedecer la ley, no hacer la función de jueces. Solo Dios, quien ha dado la ley, es el Juez. Solamente él tiene el poder para salvar o destruir. Entonces, ¿qué derecho tienes tú para juzgar a tu prójimo?” (Santiago 4:11-12).

Ahora, para ser sincero, luego de traer a mi mente, buscar y leer esta palabra de Dios me dije: “¡Ja! ¡Te atrapé tratando de juzgar! ¡Y ahora voy a condenarte!”

En ese momento, me vi como en un espejo, muy parecido a la foto que ilustra la nota y también parecido a la persona que vino a juzgarme y condenarme.

Entonces, me puse a pensar, horrorizado, si esto podía ser, si alguna vez yo me había puesto el traje de juez al que no tenía derecho y para mi tristeza, lo había hecho varias veces.

Traté de aprender la experiencia y recordar esas ocasionas para no repetirlas, intenté pensar qué hacer cuando siento que debo decirle a alguien que está equivocado, que cometió, a mi entender, un error.

Ni vos ni yo fuimos llamados o encomendados a juzgar maliciosamente a mi prójimo, especialmente, porque no tengo la autoridad moral para hacerlo.

Puedo ser mejor que mi amigo en el aspecto de falla, pero todos tenemos áreas en las que fallamos y decepcionamos a Dios constantemente,  ¿o no?

¿Alguno de ustedes es perfecto?

¿Alguno cree que puede ponerse el traje de Juez y juzgar a otro?

Espero que les sirva la reflexión como me sirvió a mí para abrir los ojos y no ser una herramienta de quien quiere dividir y enfrentar a los hijos de Dios.

Usemos nuestro tiempo en hablar de Dios, en ser ejemplo para los que no creen. Fuimos llamados a extender el Reino de Dios y Satanás sólo quiere confundirnos, distraernos y alejarnos de la tarea.

Jesús vuelve pronto, estemos alerta y ocupados en nuestro trabajo.

(*) CTO en PerfilCristiano.com / Cristianet.com