Por Ulises Oyarzún

Cuando era más joven, asistí a varios “congresos” cristianos donde los que daban la plática eran conferencistas muy reconocidos.
Cuando hablaban de hacer la voluntad de Dios, siempre comenzaban desde sus biografías.
Niños pobres, olvidados en algún pueblo pequeñito, hasta que de pronto Dios los llamó y se convirtieron en personas muy famosas y ricas.
Tomaban textos como el que aparece en Mateo 6;6, que dice “Busca a tu Padre en lo secreto y él te recompensará en público”.

Quizás inconscientemente el mensaje era: “Si buscas a Dios, él te hará famoso como yo”.
Luego, al volver de esas jornadas, en la conversación con mis amigos, muchos queríamos también eso.
¿Quién, que no se haya criado en las zonas periféricas de la ciudad, en refugios olvidados por todos, no hubiese querido ser llamado por Dios para salir de ahí y conocer ese mundo de luces que describían esos predicadores?
Queríamos ser “bendecidos” por Dios, llegar a la meta de ser “recompensados en público”.
Hablar en auditorios abarrotados, ser citados en revistas cristianas, aparecer como invitado imprescindible en eventos de primer nivel, tener una Banda de música y junto a la venta de miles de discos llenar estadios con mi música…
Pero los años pasaron y para muchos ese futuro soñado nunca llegó. Creo que ese discurso desilusionó a muchos.
Varios que acudimos al llamado, encendidos por ese mensaje cruzamos la adolescencia y nos volvimos adultos. Adultos, que descascarados de nuestros sueños, aprendimos una de las más duras lecciones de la vida.
Que el hombre anhela todo, y logra tan poco. Apuntamos tan alto y no alcanzamos ni la media.
Que la experiencia de vida está más llena de aprender a abrazar los “posibles” que los “perfectos”.
Para la gran mayoría nunca llegaron las multitudes. Nunca llegó el reconocimiento mediático.
Algunos tomaron eso como quimeras de juventud y hoy viven no solo lejos de esos sueños, sino lejos de la iglesia, de Dios. Otros, siguen por ahí Intentándolo.
¿Qué conclusiones saqué de esas experiencias?
Primero, creo que muchos de esos predicadores no dijeron lo que dijeron con mala intención, no buscaban engañar a su público; su intención era encender el corazón de los jóvenes con sus testimonios personales y sí, lo lograron, encendieron el corazón de muchos.
Pero quizás algo faltó. No hacer de sus experiencias personales doctrina. O quizás de la mano con “sacar a los jóvenes de ese Egipto de imposibilidades” faltó ayudarles de manera práctica a “conducirlos a esa tierra prometida de logros concretos”.
Creo que faltó quién nos dijera que es noble ser predicador, músico o conferencista, pero soñar con aquellas cimas de eventos multitudinarios, por razones que a veces escapan al talento, solo la experimentan un 5% de quienes emprenden ese camino.
Que debemos aprender a siempre luchar por ser excelentes en lo que hacemos, pero descansar y abrazar el presente sin expectativas, agradecer el presente sin adjetivos , sin juicios de valor y ser feliz con el hecho de ser una bendición, sea para muchos o para un puñado.
Lo preocupante, es que algunos no entendimos el mensaje de ser luz, y creímos que ser músico, conferencista o artista cristiano, era vivir en la cruzada constante de preocuparnos por nuestra imagen, por el “yo” público, por el prestigio, por ser admirados.
Y no es que demonice el prestigio ni la admiración, creo que esos fenómenos son el resultado natural de quienes hacen algo diferente o excepcional.
El problema es cuando la motivación cambia de enfoque (y eso solo lo puedes saber tú y yo en un honesto examen interno) y lo que perseguimos ya no es “un mundo más cerca a lo que soñó Jesús”, sino poner todas las fichas en sacar provecho de todo para alimentar mi imagen y levantar mi propio imperio.
Jesús, cuando habló de las tres prácticas judías más importantes, la oración, el ayuno y la limosna (Mateo 5) nos advirtió a no imitar el ejemplo de los Fariseos, que gustaban hacer las cosas públicamente para ser admirados. He ahí el peligro.
Muchos quisimos ser el primer violín, porque la felicidad desde pequeños nos pasó por alto, intentamos encontrar en la iglesia un rincón donde ser reconocidos. Porque éramos jóvenes y niños olvidados, éramos solo datos para el gobierno, éramos pequeños que crecimos en rincones pequeños y olvidados de un pequeño país.
Y si, algunos lo lograron, llegaron a ser cotizados como maestros en diferentes seminarios, otros lograron trascender con la música y llegar a lugares impensados, hoy con la tecnología, otros suben videos de reflexión o material artístico vistos en diferentes partes del mundo.
Pero la gran mayoría quedó con esa sensación que fallaron, o de que Dios no los escogió, con la amargura de saber que pudieron haber estado “allá arriba” pero no lo lograron.
Porque también, muchos soñaron pero nadie les dijo que debían además prepararse académicamente, creyeron que el reconocimiento vendría con una varita mágica…
Lo que quiero decirte en este día, es…
No te frustres.
Si me preguntas… para todos los que anhelaron entrar en el círculo de la farándula cristiana, quizás Dios hasta te salvó.
Porque quienes hemos acercado nuestras narices a ese “mundo”, lo que más hemos visto es un gran circo de egos.
Varios colegas predicadores hemos salido de eventos cristianos donde dices “Señor perdóname por haber estado aquí, pero gracias te doy por los contactos”.
No te frustres, quizás Jesús, el divino Carpintero te ha salvado y sigue llamándote, fuera de las luces, fuera de los aplausos, fuera de la fama, y las grandes aglomeraciones. Para encontrarte con sus ojos que brillan, en los ojos de aquellos que nadie busca.
Así como le pasó a los sabios del oriente, que buscando al Rey Mesías donde se suponía que estaba, en un palacio, Dios los lleva a las afueras de la ciudad, a un polvoriento caserío, para contemplar al Rey en los ojos de un niñito pobre, hijo de un carpintero y de una jovencita judía.
Además, siendo honesto con el texto de Mateo 6:6, citado tantas veces, la palabra “recompensará en público” no aparece en el original.
No existe en el texto original nada parecido a una “recompensa en público”. Solo dice así: “Y el Dios que ve en lo secreto te recompensará”.
Primero, porque según Jesús, Dios solo le interesa lo que ve en lo secreto, pues el “yo público” es un enmarañado de manifestaciones que parecen piadosas pero que solo pueden ser conocidas sus verdaderas intenciones ahí justamente cuando nadie nos ve.
Jesús constantemente huyó del reconocimiento público masivo, exceptuando uno que otro episodio.
Si Jesús hubiese querido entrar en el “mercado” de los partidos religiosos, no hubiese dicho lo que dijo.
No se hubiese inclinado por ser tan “liberal” en varios asuntos. No se hubiese juntado con los que se juntó.
Se ganó la Cruz por su manera de vivir, se ganó el desprecio por decirle a todo un aparataje religioso, que el Dios del cual se sentían representantes, estaba lejos de ser el Padre que hace salir su sol sobre buenos y malos.
El Padre que te insta a que ayudes sin que nadie lo sepa, que tu izquierda no sepa lo que hace tu derecha.
El Padre que no busca a los que están en los primeros asientos sino que va en búsqueda de los olvidados.
De hecho los evangelios cuando mencionan a Jesús en medio de la gente, no usan el término griego “laos” que significa “mucha gente”. Sino el término “ojlos” que significa “gentuza pobre y despreciada”.
Segundo, no creo que a Dios le interese en primacía que seamos famosos. No quiero decir que está mal ser reconocido. Martin Luther King terminó siendo conocido, y sin duda Dios estuvo ahí.
Tengo amigos reconocidos dentro del ámbito cristiano y secular y son personas nobles, algunos inevitablemente llegaron a la “fama”, pero no se creen el cuento, es más, algunos premeditadamente han hecho cosas “anti marketing” porque no les interesa adornar la imagen que se ha construido alrededor de ellos.
El texto de Mateo sí promete una recompensa.
¿Cuál? Si no es reconocimiento público, ¿cuál será?
La recompensa es la misma presencia del Padre, su amor incondicional. Seamos el primer violín o el segundo, seamos el director de orquesta o el que asiste a la sinfónica, seamos el que paga el boleto o el que limpia las salas.
Quien busca al Padre en lo secreto podrá vivir esa maravillosa e incesante presencia divina, que hace, que todo lo demás, esté demás.