Cada vez me convenzo más de que los políticos piensan que nos arrean como ganado. Las permanentes alianzas que realizan antes de las elecciones dan muestra de ello.
Los políticos hacen coaliciones entre sí porque suponen que juntándose con el fulano del partido X, que logró cierta cantidad de votos en la elección anterior, automáticamente llevará esos votos a su cartera.
Los políticos insultan permanentemente la inteligencia del votante, pensando que lo que tienen es un voto cautivo. Claro está, aun existe gente que vota solo porque el candidato responde al partido político del cual es adepto, sin analizar trayectorias o prontuarios, en varios casos.
Generalmente, estas alianzas están compuestas por candidatos que están en las antípodas. Es más, en algunos casos, hasta se han denunciado mutuamente, pero por conveniencia política, hoy están “unidos”. Da toda la sensación de que juegan con la memoria a corto plazo de los argentinos. Sino no se explicaría semejante absurdo. En un país normal, habría periodistas que preguntarían a esos candidatos cómo es posible que estén juntos cuando antes se estaban matando. Pero ni eso tenemos… hoy los periodistas también inician su carrera política. ¿Será contagioso?
Los políticos creen que si les dicen a sus votantes que ahora tienen que votar por su aliado ocasional, éstos debieran hacerle caso ciegamente. Pero no es así con todos. Afortunadamente, todavía hay gente pensante que emite su voto a conciencia y no porque se lo dictamine tal o cual candidato. Aunque sea el que votó anteriormente.
Lo que más da pena es ver cómo los ciudadanos nos peleamos por atacar o defender a los que nos robaron por décadas y a los que nos siguen robando actualmente. ¿Realmente creemos que cualquiera de los candidatos que están hoy pujando en las inútiles PASO piensa en la gente? Ni hablar en dos años, cuando comience el circo de candidatos abrazando a nenes con mocos o embarrándose en una villa que jamás pisaron ni volverán a pisar. No seamos ingenuos.

¿Cómo se cambia esto?
Políticamente hablando, no lo sé. No soy político. Pero sí creo que el verdadero cambio está en nosotros mismos. Siempre renegué cuando escuchaba la frase “tenemos los políticos que nos merecemos”. Pero la verdad es que es así. Una sociedad corrupta, merece políticos a su medida.
Escuché, hace poco, a un teólogo hablar sobre esto, y decía que en una sociedad honesta, un político corrupto no tendría lugar. Por lógica o por decantación, un político que cree que se va a salvar por 4 u 8 años de gestión, no cabría en una sociedad caracterizada por ser honesta. ¿No será, entonces, que el problema está en nosotros? Si evado mis impuestos, ¿cómo pretendo tener un gobernante que no lo haga, por supuesto, a otra escala? Si hago la vista gorda ante la necesidad de la gente, ¿pretenderé tener un gobierno sensible, que se ocupe de los que menos tienen? Si reconozco que tal presidente robó pero digo que no me interesa porque al menos podía comer el asadito de los domingos, ¿con qué derecho voy a reclamar cuando me metan la mano en el bolsillo, si yo lo estoy avalando? Entonces, ante semejante escenario social, ¡los políticos se hacen un festín!
Hoy más que nunca tenemos que apostar a una buena educación y al fomento de los valores que se perdieron en nuestra sociedad. Decimos que somos solidarios porque vamos en fila a ayudar cuando hay inundaciones, pero se sube una embarazada al colectivo y nos hacemos los dormidos. Eso es ser hipócrita, mal educado, mala persona. No hay muchas vueltas que darle al asunto. No nos mintamos más. Hemos perdido los valores.
Por algo es noticia cada vez que un taxista devuelve una cartera llena de plata de un pasajero que se la olvidó. Y tal vez haya muchos, cuando deberían ser todos. Hacemos una festividad de lo que es una excepción a la regla. Y ahí también fallamos, y fallan los medios, que enaltecen como un héroe nacional al tipo que es honesto, pero a nadie se le ocurre decir, a modo de comentario final, que eso debería ser lo común.
Tenemos que ir en busca de eso que perdimos. La solidaridad, la empatía, la educación, la fe, la honestidad… ¿Podremos recuperarlos?
Damián Sileo