Por Daniel Mateos – Nydia Rojas Casas

Alguien dijo alguna vez que la ignorancia es atrevida. Y creo, no estaba, ni está lejos de la verdad. Nuestra profesión de FE, esa que nos ofrece la posibilidad de palpar, sentir y experimentar a un Dios vivo, no nos exonera de esta verdad. La iglesia, (entendida desde la esencia misma de su etimología) como cuerpo de Cristo y manifestación plena de la Gloria de Dios es el recipiente donde la sal habita, la lámpara desde donde la luz alumbra.
La evolución permanente de la raza humana es una consecuencia de las capacidades divinas que el ser humano lleva implícita, de ser creado a la imagen y semejanza de Dios. El mundo que habitamos se ha reinventado de las maneras más asombrosas, desde lo innegable de la existencia primitiva en frías cavernas hasta los más locos e increíbles avances en materia de informática, ciencia y tecnología (computadores personales, teléfonos celulares, viajes en busca de nuevas galaxias, y la lista puede continuar indefinidamente). Hasta la misma Iglesia ha atravesado los estados más diversos, desde persecuciones, sismas, divisiones, mutaciones, aggiornamentos culturales etc. No es la fragilidad humana sino la inmutabilidad de Dios, lo maravilloso y sorprendente de un Ser Atemporal, lo que aún conserva la barca en medio de un mar embravecido y lleno de peligros.
La profesión de nuestra FE es a la vez una dadiva hermosa del Creador, un derecho que asumimos de manera consiente al aceptar la paternidad de un Dios de Amor, pero también una responsabilidad que nos coloca en un espacio de crecimiento y desafío constante. La Iglesia debería ser una espina clavada en medio de sociedades permisivas, relativas, escasas en valores, esnobistas, dionisiacas y hedonistas; debería ser una comunidad de amor, perdón reconciliación y servicio. Mi uso del subjuntivo no es una obsesión gramatical sino el convencimiento pleno que finalmente cambiamos contenido por continente, la compulsión por atraer de cualquier manera más seres humanos al conocimiento divino nos nubló el horizonte y lamentablemente nos deja solamente ante espacios físicos abarrotados de seres sumidos en una silenciosa desesperación ante sus más oscuros abismos interiores, distraídos por ritos compulsivos y de fácil aplicación, que transformados por la convicción plena de las doctrinas divinas. Habrá un mínimo porcentaje que se jacte de las bondades y bendiciones que Dios desparramó en sus vidas, y está bien, al menos esos pocos nos testifican de manera integral la existencia de un Dios Creador y Sustentador.
La vida es una dadiva hermosa que proviene del mismísimo corazón de Dios, pero a la vez, es un desafío de conquista y superación ante las circunstancias adversas de la vida. El paralitico en el estanque de Bethesda, la adultera a los pies de Jesús, la tumba de Lázaro, Saulo cayendo a tierra, para muestra sobra un botón decía mi abuela.
Me invade una enorme tristeza y una profunda desesperanza cuando observo el escaso y casi nulo compromiso intelectual para comenzar a formar un esquema de pensamiento, definición y comunicación de las verdades reveladas en las escrituras. Los esfuerzos se pervierten en posturas cómodas, poco exigentes y carentes de resultados. La expresión de la fe se ha convertido en un disfraz que oculta nuestros lados más oscuros: Ataques de pánico, depresión, neurosis, incapacidad para tomar decisiones, comportamientos compulsivos, falta de autoestima, negación de su propia realidad, distorsiones de pensamiento, bipolaridad, control excesivo sobre otros, ira como adicción.
El desafío es más complejo de lo que imaginamos. La repetición compulsiva de frases con contenido bíblico no logra arremeter contra semejante realidad. La pregunta que deberíamos hacernos como portadores de la verdad que revela al creador de todo lo que existe es: ¿El mal ganó terreno o nosotros en nuestra obsecuencia se lo cedimos? Las sociedades de morales atomizadas y éticas relativas exponen lastimosamente que rozamos el fracaso en conducirlas hacia la esencia misma del Creador. La queja neurótica y fanática ante comportamientos, costumbres y hábitos de vida tales como homosexualismo, lesbianismo, matrimonio de personas del mismo sexo, divorcio, adicciones, violencia, oculta de manera cobarde nuestro fracaso espiritual.
Lamentablemente la iglesia no está respondiendo a la demanda de las problemáticas que la familia afronta en la actualidad. El concepto de pareja está en crisis, la relación entre la pareja está en crisis. Desconocemos que el eje central de la funcionalidad familiar es la manera en que se relacionan el hombre y la mujer dentro de ese espacio. En nuestro libro “De a Dos Todo se Puede” establecemos que antes de ser pareja somos individuos, y que se hace urgente tomar conciencia de arreglar y sanear los aspectos individuales y personales que cada uno, tanto hombre como mujer, necesitan resolver para enriquecer la relación conyugal.
Desafortunadamente y para ser honestos, el orgullo espiritual (que no es otra cosa que miedo a nuevos conceptos y a la ayuda de otras ciencias, como la psicología, psiquiatría) nos ha impedido realizar la labor de transformación y de conversión que en estos tiempos de crisis se hace tan compleja. La Biblia nos regala grandes principios generales de cómo debe relacionarse un matrimonio y una familia, pero más allá del profundo significado de estos consejos la desintegración de los hogares, el alto índice de adicciones, de la violencia de género, del abandono y maltrato que sufren muchos niños, nos exponen claramente que no son suficientes para dar solución a tantos y tan desafortunados problemas.
La realidad nos desafía a un crecimiento continuo e integral que abarque al ser humano en su totalidad y le ofrezca la posibilidad de hacer frente a tamaño desafío.
“En el contexto actual, la iglesia necesita ayudar a construir nuevamente el significado de ser familia. Es cierto que los conflictos sociales y económicos han generado una crisis de valores, pero la iglesia está llamada a ser un espacio donde se aprenda cuál es el verdadero papel de la familia y la forma de relacionarse en ella. Por eso, ante los movimientos feministas oblicuos, el incremento del divorcio y el aumento de la violencia intrafamiliar, la iglesia debe desarrollar su rol profético y estimular el aprendizaje del diseño de Dios para la familia.”
La urgente necesidad que la iglesia tiene de comenzar a dar forma a una teología de la familia es desesperante. Mientras todos los esfuerzos realizados en pos de lograr resultados positivos son cada vez más inútiles y más desalentadores, el fracaso se esconde de manera cobarde en un activismo compulsivo que aleja a las personas de sus realidades tan apremiantes. El diseño de Dios para la familia no es una utopía sino una realidad que necesita vivirse dentro la más absoluta humildad y reconocimiento que necesitamos someternos a las directrices divinas y replantearnos como primera medida el concepto del amor que para nosotros está viciado y corrompido.
En el epílogo de nuestro libro exponemos que abordar una relación sentimental sin tener solucionados los aspectos fundamentales de la existencia humana es jugar a la ruleta rusa. En algún momento, la bala va a salir. Los perjuicios son evidentes. La percepción de la existencia se desfigura de tal manera que en algunos casos se extravía hasta las convicciones más profundas. Es importante y necesario tomar conciencia de que una de las problemáticas más graves, a nivel de relaciones humanas que se nos presenta en nuestras sociedades occidentales, se producen en el seno de la relación conyugal.
Dios se hace tangible en mi prójimo, en las relaciones más profundas que me unen con otro ser humano, mi esposa/o, mis hijos/as, pero antes que esto pueda suceder y mediante una decisión radical necesito convertirme en el depredador más impiadoso de mis tinieblas interiores.
Viajar al universo interior, conquistarlo, descubrir cuál es el propósito por el que existo. La verdadera espiritualidad es desprendimiento, independencia total de lo material pero así mismo también de mis necesidades emocionales insatisfechas, de mis sentimientos no correspondidos, suavizar la realidad con nuestras incapacidades para aceptarla disfrazándola de ideal es el recurso de los cobardes e incapaces. La aceptación de la Fe nos desafía a embarcarnos en esa travesía al interior de nuestro corazón y alma en donde habitan los demonios más voraces y coléricos. Allí es donde se debate nuestra eternidad, donde habitan confiados, como bien expone Pablo de Tarso en su Epístola a Los Gálatas 5:19-21, la inmoralidad sexual, impureza, libertinaje, idolatría, brujería, odio, discordia, celos, arrebatos de ira, rivalidades, disensiones, sectarismo, envidia, borrachera y orgia.
Los maestros y mentores que nos acercan a la fe deben contar con la preparación, la capacidad y la limpieza interior para impulsarnos a esta empresa de arrebatar el infierno que habita en lo más profundo de nuestro ser. Aquellos que solo se ocupan de movilizar nuestras emociones, exacerbarlas y hacer de ellas el motivo único de la fe son solo siervos involuntarios del mal absoluto.
No hay marco que logre contener tanta incongruencia y si lo hay habrá que romperlo para que se escurra tamaña cantidad de podredumbre ejemplificada en la perfección de la mentira, incompetencia, arrogancia, manipulación de muchos retóricos incapaces que hacen del mensaje divino una excusa para satisfacer sus propias necesidades y ansias de reconocimiento, poder y enriquecimiento compulsivo.
Jorge Galli expone muy acertadamente que es tiempo que los cristianos evangélicos empecemos a enfrentarnos con nuestras partes enfermas. La relación de pareja y la familia no escapa a esta enorme verdad.
Creo que resulta indispensable hacer un tajo en nuestra rutina “evangélica” y empezar a construir, sin distinciones de denominación, esa Teología de Familia tan indispensable para afrontar y dar respuesta a los duros interrogantes que la realidad del siglo XXI nos plantea.