¿Cómo hacen algunas personas para dormir con tanto odio acumulado? A veces, pareciera que la misión en sus vidas es la de levantarse, entrar a facebook y comenzar a bombardear sin ton ni son a quienes no piensan como ellas.
¿Cómo logra una persona conciliar el sueño luego de una jornada en la que utilizó las redes sociales con el mero fin de desprestigiar al otro, de difamar a aquél que le cae antipático, de humillar a quien pudo haberse equivocado cuando jamás aportó una solución al supuesto error?
Vivimos tiempos raros, especiales, no sé cómo llamarlo ya. Se relativizan cosas trascendentales de la vida, pero a las banalidades que pueden pasar a un segundo plano, las hacemos cuestión de estado. Y todo eso, se traslada a las redes sociales, el campo de batalla ideal para escupir toda esa flema acumulada de intolerancia, donde las frustraciones y fracasos encuentran su cable a tierra. Lo que se debiera resolver en el diván de un psicoanalista o en un consultorio pastoral, se busca solucionar en las redes sociales.
Podría sonar este escrito a descargo político, por los acontecimientos de los últimos tiempos en esa materia, pero no. Al menos, no solo eso. La rivalidad deportiva tiene también su protagonismo, dejando de lado el llamado “folklore futbolero” para dar lugar a descalificación desmedida hasta convertirse en otro de los temas favoritos a la hora de dividir a la sociedad.
Y por si fuera poco, se le suman las cuestiones religiosas, donde quienes profesan una fe, boicotean dichos, actos y eventos de… ¡otros de la misma fe!
Si las energías y creatividad –en algunos casos- que se emplean para denigrar al que “no hace las cosas como yo” se utilizaran para bien, seguramente el panorama sería otro. Construiríamos más, edificaríamos mejor, encontraríamos en el otro a un compañero en vez de a un rival y, consecuentemente, quienes miren de afuera, verán una sociedad sólida, inquebrantable, difícil de entrarle por más grieta que haya.
Creo que llegamos a un punto en el que tenemos que hacernos un examen introspectivo antes de darnos cuenta que dormimos enroscados… Después, podría ser tarde. Podríamos mordernos a nosotros mismos.