Etica cristiana congregacional ¿terrenal o celestial?
Por José Núñez (*)

Cuando olvidamos que la iglesia del Señor está llamada, entre muchas cosas, a ser la diakonisa de la sociedad, a servir, a dar, a ayudar, a tener compasión, a dispensar misericordia, al enfermo, al necesitado, al marginado, al desoído, al desechado, al “pobre” en todas sus dimensiones ¿no estamos transformando la ética cristiana, en ética situacional del postmodernismo? Cuando enfatizamos solamente el aspecto personal de la salvación, y no enseñamos a vivir en comunidad, cuando decimos: “Olvidate del que tenés al lado…”, ¿no estaremos caminando al revés? Y en otro orden de cosas: ¿hay conciencia de la responsabilidad mesiánica de la iglesia?, ¿actuamos como representantes de Jesucristo?, ¿sabemos que debemos actuar de esa manera? … Estamos llamados a continuar la obra del Mesías, en el poder de su Espíritu. La meta: Reunir todas las cosas en Cristo. ¡Esto sí que es un Gran Relato!, el Evangelio es un gran relato, es el gran relato, es el relato absoluto, totalizador, único, radical y transformador ¡¡aleluya!!
Alejandro Olaechea

Si en algo estamos de acuerdo los cristianos es que la misión de las comunidades de fe en Jesucristo tiene una misión que trasciende los espacios y los tiempos, que trasciende las culturas de los pueblos y los sistemas políticos imperantes, ya que está fundamentada en un mandato del mismo Cristo y su Palabra. En consecuencia, una ética del Reino de Dios trasciende los tiempos, posee medios para actuar, tan importantes o más, que los propios fines, como bien señalara el pastor y luchador por la igualdad Martin Luther King: “Los fines preexisten en los medios”. Y así como no hay misión sin iglesia, podemos decir que no hay misión (fin) sin un caminar “ético” hacia esa misión (medios) por parte del pueblo de Dios.

La gran pregunta que deberíamos hacernos en nuestra andar cotidiano como pueblo de Dios es si caminan por este sendero ético nuestras congregaciones cristianas hoy.

Uno de los antivalores del postmodernismo es la “huída de la realidad”, generando todo un simulacro de espiritualismo (“Moisés y los 10 Mandamientos”, etc.), misticismo o emocionalismo, a veces a través de narcóticos, a veces a través de la música (“armoniosa” o en el otro extremo, “dura”) o del sexo disparatado. Pero no sólo de estas prácticas, también nos encontramos con una huída religiosa, cuando la iglesia propone programas para la huída, productos de consumo religioso suministrados en grandes catedrales de la fe, estructuradas y organizadas gerencialmente, mediatizadas en el entretenimiento, en donde la propuesta es de autoayuda, de grupos de apoyo, de células de contención, todo muy válido por cierto, pero olvida un “proyecto de mundo”, la utopía del Reino, la transformación radical de nuestra forma de pensar, de ser y de hacer.

Quizás deberíamos preguntarnos qué tipo de “teologías cristocéntricas” direccionan nuestras prácticas cristianas personales, familiares y congregacionales en el día hoy. Hoy los medios de comunicación presentan series televisivas “cristianas” para una generación que consume religiosidad desde la “comodidad del living” (síndrome “Netflix”, lo podríamos llamar) con un “Jesús” novelado que no requiere vidas transformadas ni protagonistas de las transformaciones sociales que demanda nuestra sociedad.

En medio de una sociedad con culturas religiosas secularizadas, ¿no estaremos practicando una vida cristiana comunitaria descomprometida, diluida y diluyente con una ética situacional donde las metas son los fines individualistas y no la forma o el medio de cómo lograrlo como nueva humanidad? Si la premisa de nuestra sociedad es “sentirse bien” y correrse de todo aquello que me genere conflicto ante mi estilo de vida narcisista, entonces estamos asistimos a una cultura anómica donde el concepto de ética no tiene significado ni genera problemas de conciencia personal ni colectiva.

Una frase muy actual “Dios no necesita gente perfecta, sino dispuesta” sintetiza de alguna manera una justificación cristiana para neutralizar la conciencia de una ética personal y la conformación de una cultura esquizofrénica congregacional donde la integridad, la coherencia y las convicciones sólidas se convierten en a-valores diseñando culturas eclesiásticas que no se diferencian en nada de nuestras sociedades humanas sin Dios.

¿Acaso no nos hemos rebelado en un momento histórico como cristianos evangélicos contra un catolicismo tradicional, nominal sin impacto en la vida ni en la sociedad? ¿Qué sucede en nuestras éticas cristianas comunitarias cuando avalamos y justificamos la desigualdad, la inoperancia, la hipocresía, la comodidad, la ausencia de reflexión y crítica constructiva, la falta de discernimiento, la invisibilidad de un “otro” llamado prójimo y por ende la ausencia de verdaderas comunidades alternativas y transformadoras?

El gran desafío es seguir construyendo una práctica comunitaria profética preparando el camino y enderezando lo torcido para el gran encuentro con el Amado…
Mateo 3:3

Pues éste es aquel de quien habló el profeta Isaías, cuando dijo:

Voz del que clama en el desierto:
Preparad el camino del Señor, Enderezad sus sendas.

(*) José Núñez es pastor. Fue profesor de la materia “Etica Cristiana en los Medios” en ECCOS. Es miembro del staff de Eirene Argentina.