Por Damián Sileo

 

No vi el partido de anoche. Hace rato que vengo desencantado con el fútbol argentino. Era una final, jugaba mi Boquita, que hacía tres días había dado la vuelta en el otro gran invento del fútbol argentino. Sin embargo, preferí hacer lo que tenía planeado para ayer a la noche en vez de sentarme frente a la pantalla.

Cuando regresaba a casa, no escuché estruendos ni los típicos cuetazos que se dan cuando un equipo sale campeón. Entré y encendí la tele. Boca ya festejaba. No sabía cómo había sido el resultado hasta que vi en el videograph que decía 2 a 0. Me quedé para ver la repetición de los goles y, créanme, la desazón que sentí al ver el “no penal” que nos dio el primer gol y el offside en el segundo, hicieron que automáticamente apagara la televisión.
No me gustaría pensar en un árbitro hincha de Boca, como algunos comentan en las redes sociales. O tal vez sea así, probablemente Ceballos sea el “Lunati boquense”. De ambas formas, creo que estamos en presencia de una gran crisis en el fútbol. Y no me refiero al juego en sí mismo, sino a esa doble moral que envuelve al deporte más lindo del mundo. A la falta de compromiso y profesionalismo que hay en los protagonistas, desde los jugadores, pasando por los árbitros y llegando a sus dirigentes. ¡Cómo estaremos de mal que el casi seguro presidente de la AFA será un mediático, y un colega suyo ocupará la vicepresidencia de Boca! ¿Alguien lo duda?
En fin, no me quiero ir por las ramas. Solo expresar que, aunque le caiga mal a mis amigos hinchas de Boca, este título solo servirá para la estadística. No da para festejar ni postear memes ni hacerle gastadas a nadie. Solo disculpas al pueblo Canalla. No se merecían un final así.