Pensamiento libre acerca de la divinización de los candidatos.

 

Nos encontramos en la recta final hacia uno de los acontecimientos más importantes de la vida cívica de la Argentina. Por primera vez en la historia la ciudadanía será protagonista activa de un “desempate” presidencial. El domingo, el balotaje que no pudo ser hace 12 años, será realidad y millones de electores votarán a quien ocupe el sillón de Rivadavia por los próximos cuatro años.

 

De cara a este hecho histórico que, más allá de las hoy poco creíbles encuestas, se encuentra discutido en la previa en cuanto a su resultado, comenzó a circular la teoría de que la participación del “electorado evangélico” puede jugar un papel determinante en el resultado de la elección del domingo. El pasado viernes 13 de noviembre, el diario Perfil publicó una nota en la que sostenía que el sufragio de los evangélicos podría volcar al resultado de los comicios, por lo que ambos candidatos han elaborado estrategias tendientes a captar el denominado “voto evangélico” (http://www.perfil.com/politica/El-voto-evangelico-puede-inclinar-el-resultado-del-balotaje-20151113-0034.html ).

 

Basado en esta información, los operadores políticos de ambos frentes se ocuparon de elaborar dichas estrategias para llegar al público cristiano con sus propuestas y promesas. Y está bien, es parte del juego preelectoral. Y ahí nos podemos encontrar con las acciones más inverosímiles de parte de los candidatos con tal de captar un voto más. Te saludan con un “Dios te bendiga”, citan un par de versículos bíblicos fuera de contexto, y hasta son capaces de querer convencer a nuestros pastores con la promesa de algún tipo de igualdad con la Iglesia Católica (algo que, opino, sería anticonstitucional porque, nos guste o no, la religión oficial de nuestro país es la católica y no podemos sugerir siquiera la idea de una igualdad de condiciones con el credo oficial).

 

Más allá de este escenario, lo que más hace ruido es el andar de los evangélicos por las redes sociales, preocupados más por hacer campaña por tal o cual candidato (o lo que es peor, en contra de tal o cual candidato) que por pregonar la fe cristiana. No digo con esto que uno como cristiano no pueda expresarse libremente respecto a su ideología política. Es más, lo celebro porque creo que como evangélicos tenemos que tener opinión acerca de la realidad de nuestro país y esa opinión merece ser considerada por el resto de la sociedad. Pero generalmente, se suele confundir el derecho a opinar y se comienza a avasallar con ideología e inducir el voto de los demás evangélicos pretendiendo imponer verdades bíblicas para respaldar a uno u otro candidato, como si en la Biblia se nos revelara, de alguna manera, a quién tenemos que votar. O lo que es peor aún, publicar fotos de los candidatos posando con referentes evangélicos (Scioli con Gebel, Macri con Palau, por ejemplo), como si esa foto hiciese que el votante evangélico inclinara su voto sólo por ver a su predicador favorito con tal o cual candidato, haciendo una especie de divinización del mismo. ¿Tanto puede insultarse la inteligencia del electorado evangélico como para hacer estas cosas? A veces pienso que no hace falta que los que no pertenecen a nuestra fe nos denigren y nos traten como a subnormales porque para eso estamos nosotros mismos, pensando que si publicamos una foto de Macri con Palau o posteamos el llamado de Montaner para votar a Scioli vamos a arrear el voto del cristiano por uno u otro candidato. ¿Significa tanto una foto con un predicador que vivió los últimos 40 años fuera de la Argentina o la palabra de algún artista que se arroga, implícitamente, el hecho de representar al pueblo evangélico de un país en el que no reside?

 

Sería saludable dejar pensar al evangélico sobre qué decisión tomará cuando enfrente a las urnas. Como dije en un artículo publicado en Perfil Cristiano hace unas semanas, como iglesia estamos frente al gran desafío de demostrar para qué estamos en este tiempo (http://www.perfilcristiano.com/PCristiano/index.php/2014-03-03-12-51-28/item/443-el-gran-desafio-de-la-iglesia-frente-al-balotaje ). Pero si, en vez de tener un espíritu pacificador y conciliador, nos prendemos en las corrientes que continúan dividiendo la sociedad, no estaríamos siendo ejemplo de lo que predicamos.

 

 

Damián Sileo