Un ejemplo que nos cachetea a todos
Por Damián Sileo

Cualquier manifestación cristiana suele tomarse livianamente por la sociedad que no comulga con nuestra fe. En especial, los medios masivos de comunicación, que de llegar a brindar algún espacio o minutos de aire, lo hacen en el contexto de las denominadas “notitas de color”. Son esas pequeñas notas que se suceden en el marco de una noticia principal que acapara la atención de toda la audiencia.
Pasó ayer por la tarde, cuando se difundió en algunas pantallas la imagen de un pastor oriundo de Santiago del Estero que se arrodilló frente a la Casa Rosada para orar por el país y en especial, por el Presidente. Por supuesto, el asombro, la sorna o la sospecha de estar ante un personaje que quiso tener sus 15 minutos de fama, fue la reacción de algunos periodistas.
Que suceda esto en un ámbito ajeno al cristianismo, vaya y pase. Pero lo alarmante es cuando dentro de nuestro propio pueblo cristiano se levantan voces como “lo hace para hacerse notar”, u “ojalá esté orando para el gato se vaya”, o también aquellos ultradefensores de la sana doctrina que aparecen con versículos a mano como aquél que dice que “cuando ores, no lo hagas en público, sino en lo secreto…”.
Estamos tan desdibujados como iglesia que la opinión política que podamos tener –lo cual es totalmente lícito, por cierto- es más fuerte en las redes sociales que nuestro pensamiento cristiano. Y ahí, aquello lícito pasa a ser un inconveniente.
¿En qué momento nos dejamos ganar por el fanatismo, al punto tal de no diferenciar nuestros dichos, de los discursos de odio que impregnan las redes sociales?
¿Cómo fue que llegamos a confundirnos tanto que pensamos que vamos a torcer el rumbo de un país porque insultamos al poder de turno? O por publicar una meme que satiriza a la persona por quien la Biblia nos pide explícitamente que oremos…
El ejemplo de este pastor anónimo que, a pesar de los casi 35 grados de temperatura, se puso a orar en Plaza de Mayo por el país y por el Gobierno, no hace más que dejarnos al descubierto como una banda de hipócritas. Decimos una cosa los domingos en el templo, y practicamos otra el resto de la semana, cuando a través de las redes sociales sacamos a luz lo peor de nosotros. Nos da un cachetazo que nos lleva a reflexionar y reaccionar. O al menos, debería.
Estamos a tiempo. Creo que estamos muy distantes de aquél 2001 que detonó en lo que ya conocemos, aunque haya quienes intentan convencernos de que vamos a ese destino. ¿Vamos a esperar un estallido social para entender cuál es el papel que nos compete como iglesia? ¿Ahí sí, vamos a rasgarnos las vestiduras? ¿Por qué no hacerlo ahora?
La ocasión es inmejorable para copar cada lugar emblemático de nuestro país con miles de voces que se levanten pidiendo por nuestra Nación. Seguro tendrá más efecto eso que despotricar en facebook. ¿No?