Por Lizzie Sotola (*)

 

Las pasiones nos envuelven. Nos pasan factura. Nos limitan. Nos ponen de lados impensados. Nos rodea… Hace unos días mi cuadro de fútbol ganó la Copa Argentina con un mal arbitraje. No me dio ganas de celebrar como sí lo celebré dos o tres días antes el Campeonato de Primera división del 2015. Anoche me pasó igual. Primero, si bien voté al que salió ganador, no era mi elección sino mi opción desde las PASO. Segundo, empecé a notar a muchos angustiados, pero muchos. Y después me amargué viendo a unos insultar porque perdió el candidato que eligieron, el modelo de país que anhelaban, y ví sobrar a los que su candidato ganó, con una actitud revanchista. Me llamó la atención de manera poderosa que estas idas y venidas provengan de personas que militan la fe protestante evangélica, como dirían en España.

Vamos por partes

Que el mundo va de mal en peor, lo sabemos. La Biblia habla de ello y todos los días podemos interpretar señales de un fin que se acerca de manera inminente. Lunas de sangre, epidemias, guerras, catástrofes climáticas, crisis, crecimiento de la maldad, la desconcientización del pecado, la desunión familiar, etc. Si Carlos Annacondia o Luis Palau nos preguntaran: “¿Dónde está nuestra esperanza?”. Todos gritaríamos: “¡En Cristo!”, sin dudarlo. Pero con nuestras acciones dudamos. Dudamos cuando exageramos lo negativo de uno, para levantar al otro. Dudamos cuando se nos corta la respiración pensando en Egipto, el lugar del que fuimos sacados pensando en que nos llevarán de nuevo a la esclavitud. ¡Somos libres con espíritu de esclavos! Esclavos del vituperio, del pensar lo peor, de olvidar la esperanza en la mesita de noche al lado de la Biblia empolvada. Leemos sin leer. Andamos sin caminar por fe. Miramos espejos que nos muestran el pasado, mejor o peor, pero que no nos permite mirar hacia arriba y adelante. Que el dólar, que el peso; que la inflación, que la devaluación; que los derechos sociales adquiridos, que la vuelta a foja cero; que la esperanza, que la desesperanza. Y así vivimos. Mirando y mirando, pero no viendo que Dios tiene el control… o al menos, está esperando que se lo demos.

Volvamos a la patria terrena. Llantos y alegrías desbordadas. Sentimientos reales. Hay temores varios. Hay soberbias. Soberbias revanchistas. Soberbias perdedoras. Soberbias ganadoras. No se puede pretender que le vaya mal al otro porque no piensa igual que yo. Ojo porque si eso pasa, nos va mal a todos. Tenemos que sumar, colaborar. Buscar el bien común. Ahora es tiempo de dejar de discutir ideas, y empezar a sumarlas de un lado y de otro, para construir en la diversidad de pensamiento una Nación que siga creciendo. Es muy difícil convivir con el distinto, pero peor es convivir combatiendo personas por ideas, cuando podemos aportar lo mejor de cada uno para construir un espacio mejor. Que piense diferente no significa que sea menos o más, es diferente. Miramos, latimos, soñamos, sentimos, vivimos, caminamos de forma diferente.

Decidí no expresar lo que siento sobre las elecciones en las redes sociales, salvo con una sola persona a quien le dije: “Que tu tristeza como la de la mitad de los argentinos sea el motivo de seguir peleando por un país mejor juntos. Que los que queríamos un cambio seamos sensibles a los que lloran. Y la confianza en Dios, por sobre todas las cosas sea la que nos movilice. A los que van a gobernar que lo hagan bien, a los que están ahora en la posición de opositores que sean los revisores de cuentas. Que todos los ciudadanos tengamos en claro que tenemos que crecer, garantizar los logros y seguir construyendo.”

Acepté la posibilidad que me dio Perfil Cristiano, de contar ésto que siento, de pensar en voz alta para mirar para adentro y sacar lo mejor de mí. Me entristeció la desazón de muchos cristianos. Me entristeció la violencia de las palabras por algunos vertidas. Me entristeció la desconfianza. Me entristeció los enfrentamientos. Me puse a pensar qué me pasaría a mí si el candidato que menos me gustaba ganaba. Enseguida encogí de hombros y me dije: “bueno, creo que esta es la segunda vez en tu historia que gana el candidato que votaste”, como queriendo verme superada. Una mancha más al tigre, ¿Qué le hace, no?… ahí me di cuenta que nunca me importó tanto quien gana o quien pierde, más bien traté de adaptarme. Sí, suelo ser muy crítica. Esencia de mi profesión, y mucho de mi naturaleza. Pero me importan las personas de mi alrededor.

Creo que tenemos mucho que aprender ganadores y no ganadores. La dependencia total de Dios es nuestra bandera, que no sea sólo de la boca para afuera, sino que brote de nuestro corazón y nos ayude a ver la vida terrena con la perspectiva del cielo.

Termino con el versículo que publiqué ayer en las redes sociales: “Que gobierne en sus corazones la paz de Cristo, a la cual fueron llamados en un solo cuerpo. Y sean agradecidos”. Colosenses 3:15 NVI

Y con un pasaje que me compartió un amigo: “Pidamos por la paz de Jerusalén: Que vivan en paz los que te aman. Que haya paz dentro de tus murallas, seguridad en tus fortalezas. Y ahora, por mis hermanos y amigos te digo: “¡Deseo que tengas paz! Por la casa del Señor nuestro Dios procuraré tu bienestar”.

 

 

(*) Lizzie Sotola – Periodista.