Por Romina Mazzaferri (*)

 

Me refiero a razonamientos del estilo: “si la persona me cae bien, lo que haga estará bien y si la persona me cae mal, lo que haga (aunque sea bueno) lo veré mal”. Esta especie de bipolaridad de sentimientos según sea la persona que tenemos delante está presente en nuestra vida cotidiana más de lo que pensamos.

Principalmente lo percibí en las redes sociales en posteos relacionados a tendencias y candidatos políticos. Por ejemplo, si a mí me gusta el candidato X, voy a justificar todas sus acciones, de alguna u otra manera. En cambio, si esas mismas acciones las lleva adelante el candidato Z, con quien yo disiento, voy a criticarlas.  ¡Aunque sean las mismísimas acciones!

Entonces noté que hacemos lo mismo en situaciones cotidianas. Si la persona que me cae súper bien no me saluda, pensamos: “pobre, no me vio porque está muy ocupada”. En cambio si el saludo fue omitido por alguien que me resulta difícil de tragar, en seguida surge el sentimiento de rencor y pensamos: “¡Ah! Pero, ¿quién se cree que es, que se hace el distraído para no saludarme?”

Tenemos muy desarrollada la capacidad de ver la paja en el ojo ajeno, que se agudiza con ciertas personas. Por otro lado, nos permitimos ciertas licencias con las personas que nos caen mejor. Pero, independientemente de cómo nos caiga tal persona, tal candidato, tal vecino o tal familiar, cuando algo está mal, está mal así como cuando algo está bien, está bien, más allá de quién lleve a cabo la acción.

Si, en definitiva, lo que pensamos de los demás dice más de nosotros mismos que de ellos, ¿no será que el problema lo tenemos precisamente nosotros mismos?

¿No será que somos, quizás, demasiado parciales? ¿O demasiado prejuiciosos? ¿O demasiado intolerantes?

Una posible solución a esta especie de bipolaridad con la vara de medir, que nos (me) propongo es empezar a destacar lo bueno que la otra persona pueda tener. Hacer el esfuerzo vale la pena.

Y, hablando de esfuerzos, por qué no gastar las fuerzas en construir algo que sea trascendente, en edificar a otros, en animar y bendecir (o sea, decir bien) en lugar de criticar y exasperar.

El desafío empieza por mí. Y se los comparto por si se quieren sumar. Propongámonos terminar con el doble estándar, procuremos ser objetivos y, desde nuestro lugar, intentar hacer las cosas bien. Después de todo, no somos jueces de nadie (menos mal, sino tendríamos que ver si fuimos designados tales con voto popular o por decreto y, ahí, tendríamos otra historia).

 

 

(*) Romina Mazzaferri es periodista.